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Algunas veces hay cortometrajes cuya feliz repercusión enciende la necesidad de que deberían crecer. Ese salto, convertir una historia condensada en unos pocos minutos en un filme de casi dos horas, es tentación envenenada. Ni es fácil ni siempre se consigue lo que se pretende: sublimar la calidad e interés de lo que nació como esencia pequeña.

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Desde el comienzo se huele el exceso. Y es que, en «La Furia», lo sustancial es cuestión de olfato. Por el epitelio olfativo su protagonista reconocerá a su violador, ese al que nunca pudo ver, en una de las mejores secuencias, plano en negro, que Gemma Blanco pergeña para su primer largometraje.