EL HOYO

Título Original: THE PLATFORM Dirección: Galder Gaztelu-Urrutia Guión: David Desola, Pedro Rivero Intérpretes:  Ivan Massagué,  Zorion Egileor,  Antonia San Juan,  Emilio Buale País:  España. 2019  Duración:  94  minutos

Obvio

Todas las acepciones y sinónimos de “obvio” dan noticia del material que sostiene a “El hoyo”. La expresión repetida obsesivamente por uno de los personajes de manera tan reiterativa que termina por contagiarlo todo, da noticia de lo mejor y lo peor de un filme singular y claustrofóbico. Obvia en cuanto visible, evidente, clara, fácil, patente, elemental, inequívoca y notoria es esta propuesta singular que no pasa inadvertida allí por donde pasa. En el festival de Toronto, se ganó el favor del público; en Sitges, convenció al jurado; ahora, en su estreno comercial, representa ese título raro nacido para no ser olvidado.
Rodado con dinero justo y talento generoso, su puesta en escena resulta determinante. En realidad no es sino un hueco de escalera en la que no hay peldaños sino un vacío por el que se desliza una mesa, como un plataforma elevadora que desciende de manera tan majestuosa como inexplicable. De ese espacio no saldrán ni los personajes que lo sufren como presos a perpetuidad ni los espectadores a los que, poco a poco, se nos suministra las claves de lo que deviene en metonimia y metáfora de la sociedad humana.
Distopía que parece emanada de un cómic setentero, carne para cortometraje de coreografía futurista y atmósfera de agobio, los guionistas David Desola, Pedro Rivero y el director Galder Gaztelu-Urrutia logran, con un esfuerzo descomunal, urdir una trama que puntada a puntada, personaje a personaje, no pierde el pulso de una idea argumental en la que pocos podrían haberse mantenido en pie más allá de 15 minutos.
Galder Gaztelu-Urrutia lo logra porque filma algo esencialmente artificial e inverosímil sin artificios y con una pasión que rezuma autenticidad. Cine de situación y moraleja, sus autores han puesto sobre la pantalla sus propias dudas y, al hacerlo, evitan que las zonas muertas e irreales del relato muerdan su intención aleccionadora. La cuestión que en  “El hoyo” se debate se llama ambición humana y egoísmo. Esa sociedad estratificada por plantas en las que a los de arriba les llega toda la comida que derrochan matando de hambre a los de los pisos inferiores, sirve para verbalizar una obviedad, que si la humanidad fuera más inteligente, más solidaria, menos violenta y no habitara en el miedo, el mundo sería mejor. Y para decir esta obviedad, se ha rodado un enérgico filme, sencillo y evidente, pero no simple y ni mucho menos maniqueo.

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