RETRATO DE UNA MUJER EN LLAMAS

Título Original: PORTRAIT DE LA JEUNE FILLE EN FEU Dirección y guión: Céline Sciamma Intérpretes: Adèle Haenel, Noémie Merlant, Luàna Bajrami, Valeria Golino, Cécile Morel País: Francia.. 2019 Duración: 120 minutos

La artista y su modelo

En esta “mujer en llamas” algo casi imperceptible lo domina todo. Cuando horas después de su visión se rememoran las emociones que su guionista y directora ha puesto en imágenes, se llega a Marcel Duchamp y a su concreción de esa sensación profundamente humana que él denominó “inframince”. La traducción más acertada sería algo así como “infraleve”, o sea lo que es más leve que lo leve: “el calor de un asiento que se acaba de dejar, el olor de una persona en el humo de su cigarro… el peso de una sombra”.

De eso se alimenta el fuego que agita este “Retrato de una mujer en llamas”. De lumbres que calcinan lo interior y de ardores que empañan la mirada de quien la retrata. Porque la naturaleza de este relato se conforma como un “pas de deux”. Un fuego devorador que surge de la confrontación de dos miradas: la de la modelo que posa y la de la pintora que la retrata. En una bella secuencia, todas lo son, la modelo le recuerda a la artista, que quien escruta para pintar también es observado y en ese cruce, lo que es más leve que lo leve, puede abrasarse si en ello prende el deseo.

La película está ambientada en el último cuarto del siglo XVIII, en el tiempo en el que Mozart escribió “La bodas de Fígaro”, en la misma década en la que se preparaba la toma de la Bastilla y se avistaba el filo de la guillotina. Tiempo de cambios que Céline Sciamma utiliza para hablar de emociones contemporáneas. Siempre es así. La historia no es sino un pretexto para combatir la penumbra del presente, un escudo para tratar de afrontar lo que nos está pasando.

La realizadora de obras notables como “Tomboy” (2011) y “Banda de chicas” (2014), guionista de “La vida de calabacín” (Claude Barras, 2016) y “Cuando tienes 17 años” (André Téchiné, 2016); en su cuarto largometraje como directora deja a un lado la crónicas de la juventud para afrontar una relación adulta y heterodoxa en una sociedad celosa de las convenciones y prisionera de los prejuicios. El resultado alcanza lo espectacular a partir de su extrema contención. No hay concesiones ni tremendismos. Todo tiene revés y todo rezuma una profunda y sensual pulsión erótica. En su elegante puesta en escena nada parece gratuito. Sciamma, con la excusa de recrear el arte de pintar, teje una estremecedora obra de alto valor artístico.

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