BARRY SEAL: EL TRAFICANTE

 Cinismo USA

Título Original: AMERICAN MADE Dirección: Doug Liman Guión: Gary Spinelli   Intérpretes:  Tom Cruise,  Domhnall Gleeson,  Jayma Mays,  Sarah Wright,  Jesse Plemons, Lola Kirke País: EE.UU. 2017 Duración: 114 minutos ESTRENO: Septiembre 2017

La destreza y el oficio de Doug Liman son indiscutibles. Su trayectoria lo demuestra, y este Barry Seal nos da la evidencia de que pertenece a la categoría de esos fabuladores de azúcar y ruido capaces de hacer espectáculo de feria incluso con el tráfico de seres humanos. Será cuestión del tiempo presente, será porque EE.UU. lleva toda su existencia pidiendo perdón si pagar peaje ni hacer propósito de la enmienda, pero más allá del efectismo escópico de lo que Tom Cruise representa, todo en El traficante se sabe hecho de cinismo paralizante. Todo es ambiguo sarcasmo.
La historia de Barry Seal, personaje que protagoniza el citado Tom Cruise, nos la cuenta él mismo. Habla a cámara donde en el plano tintinea la fecha desde la que está hablando. Lo que narra pertenece a un pasado cercano. Tan cercano que todavía perdura. En él, la CIA y Reagan, el narcotráfico y la contra nicaragüense, el tráfico de armas y los asesinatos por encargo, esbozan un panorama apocalíptico.
Tantas veces se ha denunciado el juego sucio y las mentiras del poder yanqui que la frontera que separa la realidad de la ficción ha desaparecido. Y con ella, cualquier posibilidad de que alguien asuma el costo de tanta sangre derramada, de tanta violencia engendrada para amasar dinero y conservar el poder.
En el caso de Barry Seal, un piloto comercial que dejó la TWA para convertirse en el cartero de la muerte, araña y mosca al mismo tiempo de una red de cocaína, mercenarios e injerencias políticas ilegales para derrocar gobiernos, da lugar a un relato anfetamínico, descontrolado, desbordante y desbordado. Por supuesto que entre los intersticios de su recreación histórica, resulta estéril detectar lo real de lo hiperbólico.
Laten algunos detalles inquietantes para ser conscientes de que, si se hizo así y nadie asumió los platos rotos, nada impide que se siga haciendo lo mismo. La conclusión es demoledora. Una verdad mil veces contada pierde su carga de activación. Así que, lo que hace un tiempo hubiera provocado controversias y indignación, por su denuncia latente, ahora parece la prolongación de un videojuego de acción. Incluso podría haber sido divertido si lo que se cuenta jamás hubiera sucedido.

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