PIRATAS DEL CARIBE: LA VENGANZA DE SALAZAR

Carrusel de feria

Título Original: PIRATES OF THE CARIBBEAN: DEAD MEN TELL NO TALE Dirección: Joachim Rønning, Espen Sandberg Guion:     Jeff Nathanson (Personajes: Ted Elliott, Terry Rossio, Stuart Beattie, Jay Wolpert) Intérpretes: Johnny Depp, Javier Bardem, Brenton Thwaites, Kaya Scodelario, Geoffrey Rush, Orlando BloomPaís: EE.UU. 2017 Duración:  129 minutos ESTRENO: Junio 2017

Antes de hacerse cine, Piratas del Caribe era una atracción de feria que vivía en los parques de Disneylandia. Aunque su ADN se había fabricado a partir de las películas del Hollywood de los años 40, a diferencia de otras barracas escópicas ideadas para una jornada familiar y germinadas por personajes y/o películas del universo Disney, Piratas carecía de paternidad. Huérfanos o no, después del primer episodio, en el que Johnny Depp se reinventaba a sí mismo a fuerza de componer un espantajo maquillado con reflejos del stoniano Keith Richards, Piratas del Caribe se convirtió en un negocio redondo y en la parada obligatoria para todo aquel que ahora visita Disneylandia.
Esta quinta entrega, cuyo mayor aliciente y máxima novedad es la incorporación de un Javier Bardem dispuesto a rivalizar con Depp en lo trazos gruesos de su caricatura, asume la máxima circense del “más difícil todavía”.
Poco importa que el tándem director formado por Ronning y Sanberg convoque a todos los primeros espadas de la serie; resulta secundario que su guión pretenda cerrar el círculo de su argumento, lo definitivo es que su desarrollo no es sino una febril carrera llena de persecuciones, efectos especiales y exhibición de un fantasía digitalizada.
La venganza de Salazar, aventura que incorpora la figura de un militar español, terror de piratas, prisionero en las profundidades marinas, con una sed oceánica de venganza contra el ambiguo, borrachín y delirante Sparrow, depara instantes de grandilocuencia visual y largos minutos de casi nada. Perdida la frescura inicial y cinéfila de su primera aparición, Depp parece no tener límite ni control en la afectación con la que crea su personaje. Siempre tambaleante, siempre canalla, bellaco sin compasión y superviviente de suerte infinita, es el departamento de los efectos quien impone su ley. Es decir, aunque no abunden méritos argumentales, ni diálogos de altura, queda el ritmo y la evidencia de que la película posee un presupuesto de altura. Con él, el texto se hace caseta de feria, el cine se apaga y el sobresalto y la nada, dominan los 129 minutos de su hiperbólica historia.

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