MIENTRAS ÉRAMOS JÓVENES

Cómo hacerse mayor sin caer en el patetismo

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Título Original: WHILE WE´RE YOUNG Dirección y guión: Norah Baumbach Intérpretes: Ben Stiller, Naomi Watss, Amanda Seyfriend, Adam Driver, Charles Grodin Nacionalidad: EE.UU. 2014 Duración: 97 minutos ESTRENO: Septiembre  2015

Lo propio de Norah Baumbach es navegar a contracorriente, abrazarse a esos espacios de desajuste que poco tienen que ver con el mundo que Hollywood fabrica(ba). Eso lo supo ver uno de los más deslumbrantes talentos del cine actual, Wes Anderson, cuando contó con él como guionista. De hecho, quienes hayan disfrutado con The Life Aquatic y Mr. Fox sabrán (y creerán) reconocer aquí algunos sedimentos de su personalidad. Pero tal vez sea un espejismo porque allí donde Anderson pone fantasía y coreografía, la herida creativa de Baumbach supura nostalgia. Cuando dirige sus historias, se sumerge en una suerte naturalismo dramático, mezcla de melodrama y comedia, que en sus manos provoca una sensación incómoda, agridulce y hasta melancólica. Esa melancolía entendida como la enfermedad de ver la dolorosa realidad de las cosas.
En ese sentido, aunque el poso de Mankiewicz y su Eva al desnudo estructure la naturaleza de Mientras éramos jóvenes, es la actitud del Woody Allen, post-Diane Keaton, quien preside el tono y las formas. De hecho, en algunas secuencias, si el público no está avisado, podría incluso creer que se trata de una obra suya, que Ben Stiller asume un heredero del personaje que Allen protagonizó en Delitos y faltas.
Quienes saben algo de Allen, recordarán que hubo un tiempo en el que el neoyorquino aspiraba a penetrar en los tortuosos laberintos del dolor humano, como Bergman quería habitar y (do)minar ese reino de la melancolía. La misma Melancolía que para Von Trier, también discípulo de Bergman, daba título a su parábola apocalíptica. Y es que con Trier todo se llena de lujuria hiperbólica.
Cuando Allen cayó de su ambicioso caballo de querer ser como Bergman, cuando supo que El séptimo sello ya había sido hecho y que él nunca lo haría, el humorista judío hizo lo que mejor sabe hacer, caricaturizar el patetismo de la existencia humana contemporánea.
En Mientras éramos jóvenes, Baumbach se adentra en la misma llaga. Habla de una generación, la suya, que ya no cumplirá los cuarenta y se centra en una pareja estable constituida por un documentalista comprometido con la verdad y la ética y en su mujer, también cineasta, en su caso productora, e hija de un peso pesado de la industria a la que, por genio y figura, se niega a pedir ayuda su marido que lleva años anclado en un filme que no termina nunca.
De ellos se sirve Baumbach para abrir en canal varias cuestiones relacionadas con el tema generacional, con el cine y con ese conjunto de normas de comportamiento que se denomina las leyes de la vida. Se ha dicho antes, con parecidos mimbres con los que se fraguó Eva al desnudo, el arribismo, la sed de éxito y el cine, se arma una sorprendente y muy notable película generadora de muchos debates. Los apuntes sobre el cine, son precisos, demoledores y deberían ser interiorizados por los espectadores e invitados de festivales como Punto de Vista. La radiografía del trepa, no tiene desperdicio. Y la asunción de la maternidad, muestra el punto débil y sangrante de la ¿claudicación? ambigua del autor de la demoledora Frances Ha.

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