LA CASA DEL TEJADO ROJO

La casa del tejado rojo

foto-tejadorojoTítulo Original: CHIISAI OUCHI Dirección: Yôji Yamada Guión: Yôji Yamada y Emiko Hiramatsu; basado en la obra de Kyoko Nakajima Intérpretes: Takako Matsu, Haru Kuroki, Hidetaka Yoshioka y Satoshi Tsumabuki País: Japón. 2014 Duración: 136minutos  ESTRENO: Abril 2015

Con el comienzo del siglo XXI, cambió la suerte de Yôji Yamada. Durante muchos años, el veterano realizador japonés se dedicó a cultivar una suerte de serial cinematográfico en torno a un personaje peripatético: Tora-san. A lo largo de treinta años Yamada aplicó su oficio y talento al servicio de un personaje de enorme predicamento en Japón, pero de escaso interés fuera de su país de origen. La muerte del actor que durante décadas encarnaba al protagonista de ese folletín por entregas y la desaparición de los grandes referentes del cine japonés del tiempo clásico, colocó a Yamada en una posición envidiable de reinvención. En algún modo, se diría que el cineasta nacido en Osaka hace 83 años, sintió la repentina necesidad de renacer, de afrontar todo aquello que no había podido abordar en sus años de devoción a Tora-san.
En apenas doce años, Yamada irrumpió en el panorama internacional con un cine notable. Primero fue su trilogía dedicada al género de katana y (des)honor: The Twilight Samurai, The Hidden Blade y Love and Honor. Esa relectura del cine de samurais le valió el reconocimiento del mundo de los festivales primero, de los premios después y de la taquilla occidental finalmente. Cuando hace dos años estrenaba con aplausos su incursión en el mundo de Ozu, Una familia de Tokio, se hacía evidente que Yamada estaba dispuesto a sostener la mirada a los pilares del cine japonés arquetípico.
Sin embargo, al margen del viento favorable que parece acompañarle, también se imponía la percepción de que el ánimo de Yamada, por más que acudiera a referentes de prestigio y autoría, no olvidaba sus orígenes de cine popular, de narrador vocacional con querencias por llegar a un público amplio, bien fuera a través de la sonrisa o de la emoción. Dicho de otro modo, Yamada conserva de Tora-san una innegable voluntad y capacidad de (con)mover el ánimo.
La casa del tejado rojo empezó a rondarle hace unos años. Fascinado por el relato de Nakajima, Yamada encontraba en él muchos temas de interés. Esa crónica de la retaguardia de un Japón militarizado que caminaba hacia su holocausto bélico en la segunda guerra mundial y ese relato interior de amor y frustración protagonizado por mujeres en un entorno con fama de cierta misoginia se adecuaba bien a sus intereses. Había más. En la historia de Nakajima se adivinan gestos y rasgos que parecen recoger como un eco de reverberaciones singulares del universo de Stefan Zweig; ese mundo que ya no nos pertenece y cuyos comportamientos rezuman un hacer ya periclitado.
En clave de recuerdo, articulado en tres tiempos, La casa del tejado rojo es una suerte de Los puentes de Madison oriental con un testigo de cargo. Aquí como allí, se asiste a la quimérica posibilidad de una vida sentimental plena que acude en auxilio de esa asfixia de lo cotidiano. Narrada con belleza y pulcritud, bien interpretada y sostenida por una producción con esmero, Yamada se adentra en un mundo de alcoba y (des)engaño, para diseccionar el pantanoso campo de los deseos y el sentimiento.
Hace unos años, Wong Kar-wai, en Deseando amar, incursionaba en parecido terreno minado y lo hacía con una delicadeza extrema, sin evidencias, con la sombra apenas sugerida de ese ¿pudo o no pudo? ser. No es el caso de Yamada. En su final, el director japonés reitera excesivamente el espejismo, subraya lo obvio y alarga el pasmo del melodrama. Tres veces se llora en su final. Un solo llanto hubiera sido suficiente y hubiera engrandecido su (in)tenso contenido.

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