CALVARY

La pasión del buen sacerdote

foto-calvaryTítulo Original: CALVARY Dirección y guión: John Michael McDonagh Intérpretes: Brendan Gleeson, Kelly Reilly, Chris O’Dowd, Aidan Gillen, Domhnall Gleeson, David Wilmot, Dylan Moran, Marie-Josée Croze, Killian Scott,Nacionalidad:  Irlanda.  2014  Duración: 100 minutos ESTRENO: Marzo 2015

Desde el minuto uno, Calvary va de frente. Bajo el disfraz de un thriller de sacristía y cerveza, rechina un rosario de acusaciones en torno a un crimen sin resolver: los abusos sexuales cometidos por sacerdotes católicos, la sodomía tantas veces negada y ahora objeto de autocrítica. Durante 100 minutos, John Michael McDonagh desembala una colección de personajes antipáticos, enfermos de ira y frustración, presos de una desesperación que rezuma violencia e ignominia. El paisaje es la Irlanda contemporánea, un escenario que casi siempre se refleja, incluso en sus años de plomo y hambre, con pretensiones poéticas.
En Calvary no hay rimas a la verde campiña ni loas a las tradiciones; no hay respiro ni concesión. Su mayor lastre nace de esa excesiva acumulación de angustia, de ese aluvión de personajes imperdonables, víctimas ante las que cuesta sentir (com)pasión. Si en el amanecer de Calvary, asistimos a un anuncio de muerte, el que lanza una antigua víctima de los abusos sexuales de un viejo cura ya muerto y, por lo tanto, libre de afrontar sus crímenes, en los minutos finales, ese mismo heraldo letal le recuerda a un buen sacerdote sus lágrimas por un perro degollado y su impasibilidad ante la noticia de decenas de niños sodomizados por sus compañeros de confesionario y nómina.
McDonagh construye su radiografía en un tono más crispado y desesperado que el que Peter Mullan aplicó en Las hermanas de la Magdalena. Esta Irlanda que refleja Calvary habita en un Gólgota contemporáneo. Incluso los niños parecen viejos y los viejos parecen momias. Inhóspita, áspera y dolorosa, en este desfile de muertos vivientes brilla un actor duro como una piedra: Brendan Gleesonn. Al actor al que no se le recuerda un mal trabajo, McDonagh le encomienda una pesada cruz, la de un personaje que debe llevar a rastras. A su lado, el mundo se descompone y él se prepara para asumir un sacrificio, un gesto de redención insuficiente para lavar ese pecado de pederastia que mancha la cara oculta de la Iglesia.

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