FOXCATCHER

Drácula, Andreotti, Bates y el señor DuPont

foto-foxcatcher3Título Original: FOXCATCHER Dirección: Bennett Miller  Guión: E. Max Frye y Dan Futterman  Intérpretes: Steve Carell, Channing Tatum, Mark Ruffalo, Sienna Miller y Vanessa Redgrave Nacionalidad:  EE.UU. 2014 Duración: 129 minutos  ESTRENO: Febrero 2015

Bennett Miller, en cuanto director, se mueve en el terreno de juego del relato cinematográfico en una franja diametralmente opuesta a la que ocupan gentes como Quentin Tarantino. Sus historias se gestan en la periferia, crecen en la elipsis y fían su suerte a lo apenas entrevisto. En lugar de buscar su juego en los espacios libres de la ficción, Miller se enreda en el campo de minas de lo real; en vez de mover títeres fabricados al servicio del argumento, se abisma en biografías pantanosas, con reflejos históricos y sombras de inconveniencia que maniatan su capacidad de movimiento. Lo hizo con Capote (2005) y le salió una obra sólida que ratificó lo evidente, que Philip Seymour Hoffman estaba hecho del mismo material que Marlon Brando y Robert de Niro. Lo repitió con Moneyball (2011), otro filme biográfico, esta vez al servicio de Brad Pitt y otra vez con Philip Seymour Hoffman en su seno. Quizás hubiera repetido con él para Foxcatcher, su prematura muerte se guarda el misterio.
Sí ha contado, con tres actores de los que ha sacado lo mejor de cada uno: Steve Carell, Channing Tatum y Mark Ruffalo. Los tres saben ya que cuando repasen sus carreras deberán citar Foxcatcher como una de las cumbres de su trabajo. Y bajo ese número de tres gira todo en este filme perverso e inquietante, incómodo y extraño.
El referente más próximo que se puede encontrar a lo que Bennett Miller hace con la figura del multimillonario John Eleuthère DuPont y su relación con los hermanos Mark y David Schultz hay que buscarlo en el retrato de Giulio Andreotti que el director italiano Paolo Sorrentino hizo en Il Divo. Como aquel voraz retrato de un Andreotti momificado, éste DuPont que Miller muestra, ha sido construido con la sed de sangre de Nosferatu. Un chupasangre que, en este caso, se ceba en dos víctimas, campeones de lucha en la América estadounidense que cultivaba sin nombrar la generación del tea party y los vicios ocultos. Es el tiempo de Reagan, el final de la guerra fría, cuando no se sabía que todo iba a ser tan rápido. Con la verdad histórica en las manos, Miller edifica un monumento a la ignominia, un mausoleo al envilecimiento.
Nominado al Oscar al mejor actor principal, al mejor actor de reparto y al mejor director, Hollywood no ha querido considerarla como mejor película en un gesto (in)consciente que revela lo evidente: este filme aprieta demasiado. Y es cierto. Su visión no resulta fácil ni entretenida para un espectador convencional. Miller no quiere allanar el camino. Al contrario. Juega a la confusión, cambia el centro de su interés, de un hermano al otro y del otro al megalómano DuPont convertido en un demonio. Él es la Cosa, en él habita el monstruo. Un DuPont de manual psicoanalítico; una recuperación del Bates de Psicosis de Alfred Hitchcock, ese es el personaje que incorpora un Steve Carell en estado de gracia. En él se proyectan ecos de muchos poderosos reconocibles. Son los perros del dinero y la frustración. Nunca tendrán nada aunque lo tengan todo. A su lado, una madre diosa, una diosa castradora, una mujer avergonzada por la debilidad de un hijo en el que no reconoce porque conoce su secreto. Una homosexualidad reprimida, un deseo de reconocimiento insatisfecho y una personalidad abrumada. En ese tablero de ajedrez, con ecos de drama clásico, Foxcatcher obra un fenómeno solo al alcance de muy pocos. Durante su visión, se distancia, desorienta, se empeña en enfriar, en evitar todo atisbo de empatía. Después, al recorrer lo vivido,se comprende que se ha asistido a una experiencia fílmica de valor extraordinario.

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