ZINEMALDIA 2014 – 26/09/14

El padre iconoclasta

vidasalvaje

Vie sauvage de Cédric Kahn arranca con una separación traumática y concluye con un acto de perdón. Entre ambos extremos, el espectador puede sentir, si no lo sabe de antemano, que lo que le están contando ha tenido que pasar en la realidad; que eso no está hecho con los mimbres de la invención. Paradójicamente, en su desenlace final, cuando en los créditos de salida se le comunica que la historia ocurrió, se percibe otra certeza: la historia seguramente pasó, pero los detalles no fueron exactamente como se han contado.
El cine se cultiva con contradicciones como éstas. La realidad y su representación sigue siendo el enigma, la clave decisiva que lo arruina o lo sublima todo. Una clave tras la que Cédric Kahn ha levantado una decena de propuestas, alguna de ellas tan (re)conocida como Roberto Succo (2001).
Vie sauvage, filme francés con el que culminó la presencia de las películas a competición en la sección oficial, crece sobre cierta heterodoxia. El objeto central del filme de Kahn, gira en torno al personaje de Philippe Fournier. Un padre de vida nómada que busca una existencia al margen del sistema. Naturalista convencido, en compañía de su mujer y tres hijos, los dos pequeños fruto de su relación, vive en el campo, en una caravana. Su modelo vital busca una armonía con la naturaleza que mimetiza los usos de vida de los indios norteamericanos.
Con ese personaje como motor principal, Kahn desarrolla la historia de una huida, la que protagonizan ese padre con los dos hijos pequeños ante el acoso policial por las denuncias de una madre que se ha cansado de vivir al margen de la convencionalidad. El filme, mezcla de crónica familiar y de reflexión sobre la dificultad de no permanecer en los cauces establecidos, está rodado con solvencia y sin estridencias ni concesiones. Una buena factura con una ejemplar interpretación de su principal protagonista, Mathieu Kassowitz, y de los jóvenes protagonistas, tanto cuando son niños como cuando alcanzan la adolescencia. Nada hay que reprochar a Vie sauvage a excepción de un final maniatado por esa realidad de la que dice partir que le aboca a un final carente de mordiente.

Todo visto para sentencia

Esa falta de mordiente, esa sensación de tibia corrección, incluso ese contexto de crónica familiar y miradas domésticas, ejemplifica la sensación que deja tras su conclusión esta 62 edición del Zinemaldia. Ha habido mucho cine obsesionado con el entorno del hogar. Y, salvo por las dos películas de la sección oficial fuera de concurso y por el filme de apertura, éste último deleznable, el nivel del principal escaparate del festival ha estado a la altura de los últimos años.
Una vez más, el cine español, ese que vive en una crisis permanente, al que el IVA castiga, le recortan las subvenciones y algunos medios conservadores no pierden la ocasión de lanzarle piedras, ha salvado por calidad y por ruido y glamour, un festival que ve multiplicar sus secciones y actividades paralelas pero que en su principal arteria no acaba de convocar ese nivel de excelencia que sería deseable.
La isla mínima, Loreak y Magical girl se encuentran entre las favoritas. A su lado, en primera línea de salida, La entrega, puro cine norteamericano sólido como un bloque de hierro, domina todos los pronósticos. En este balance previo, también despunta Edén, con una dirección irreprochable. El resto, comparsas de acompañamiento. El cine francés, la otra gran fuente nutricia del festival, ha aportado más títulos que calidad, más nombres con eco que obras que perduren.
En ese panorama, justo será reconocer a la 62 edición sus esfuerzos por reforzar la sección oficial; ha habido más títulos y su calidad ha sido más homogénea.
Y, a falta de esa película que haga Historia, nos quedaremos y conformaremos con la atmósfera del filme de Alberto Rodríguez; con la alta poesía y bella escritura de ese ensayo nacido ante la pregunta de qué se esconde tras un ramo de flores abandonado en la curva de una carretera; y con la irreverente frescura y el placer de alimentar la curiosidad sin límite de Carlos Vermut, aunque deje piezas sueltas y personajes sin anclaje.
No ha sido mucho, la verdad; pero tampoco cabría decir que ha sido decepcionante.

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