EL CONGRESO

La vida escaneada, la verdad dibujada
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Título Original: THE CONGRESS Dirección: Ari Folman Guión: Ari Folman a partir de una novela de Stanislav Lem Intérpretes: Robin Wright Penn, Harvey Keitel, Danny Huston, Paul Giamatti Nacionalidad: Israel. 2013 Duración: 120 minutos ESTRENO: Agosto 2014
 
Al finalizar Vals con Bashir, Ari Folman se tomaba una inquietante libertad que, como todo aquello que rompe, acababa por provocar opiniones dispares y disparatadas. Vals con Bashir era un filme de psicoanálisis y memoria, y en su interior nos aguardaba una terrible cantinela sobre el sentimiento de culpa y los fantasmas de la guerra. Su protagonista palidecía de terror cuando, en sus sueños, una jauría de perros rabiosos, dientes de muerte y lenguas de sangre, ecos del horror de las acciones militares en tierras vecinas, sembraban dolor y luto. La película tenía la osadía de asomarse a la ignominia con la ayuda del dibujo. Bajo el humilde ropaje de la animación, ese género al que algunos le niegan todavía la calidad de cine y ante cuyos textos adultos hay adultos que no logran desprenderse de la zarpa de la incredulidad, Folman mostraba las peores consecuencias de la gloria bélica. Pues bien, en sus instantes finales, puro fogonazo de realismo en retina, aquel filme acababa con imágenes documentales de naturaleza fotográfica. Ahora, en un contexto muy diferente, Folman acude a ese juego de contrastes, a ese forzamiento de naturalezas antagónicas para alumbrar un magnífico e incontestable ensayo futurista sobre el tiempo, el cine y la obsesión por la permanencia. El congreso se impone como una de las más bellas y desoladoras reflexiones en torno al cuerpo y la consciencia. La materia que la construye es justo aquella que gentes como el último Besson, no consiguen ni acariciar con su deseo: conformar una voz propia en un género tan implacable como es el de la ciencia ficción. Sorprende que un director que se consolidó internacionalmente con un “documental animado”, asuma ahora arriesgarse con una parábola sobre la identidad, esa indefinible sustancia que nos hace ser lo que somos. Ari Folman se sirve de un relato de Stanislaw Len, el mismo escritor al que acudió Tarkovski para (re)crear Solaris, aquella revisitable incursión en el desgarro de la muerte y en el desamparo del superviviente. Tarkovski no quería adentrarse en un futuro más o menos próximo sino hurgar en un presente en ruinas, hecho de sombras y renuncias ante cuyo despotismo solo queda la reivindicación de la subjetividad. Folman articula su filme en dos niveles, dos planos convergentes tratados con perversa estrategia. El espacio de la imagen llamada real está presidido por una reverberación fantasmática. A veces, los actores se comportan como si llevaran máscaras. En paralelo, el desbordante barroquismo que permite la ilustración descargada de servidumbres fotográficas, deviene en reflejo verosímil de un dilema moral. Este experimento asume envolver el acierto con el error, fundir lo sublime con lo ridículo, abrazar el patetismo con el relámpago fascinador de lo inaprensible. Sin duda El congreso está lleno de grietas y algún personaje se arrastra pero, a su lado, hay otros que rozan alturas rara vez percibidas. Es cine sin paracaídas.

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