EL VIENTO SE LEVANTA

La vida era eso
Título Original: KAZE TACHINU Dirección y guión: Hayao Miyazaki  Música: Joe Hisaishi Sonido: Michael Miller y   Koji Kasamatsu Fotografía: Atsushi Okui Montaje: Takeshi Seyama y Fukuo Suzuki    Nacionalidad: Japón. 2013  Duración: 126 minutos ESTRENO: Abril 2014
 
El 21 de enero de 1998, Yoshifumi Kondo, el hombre llamado a tomar el relevo a los dos grandes generales del estudio Ghibli, Isao Takahata y Hayao Miyazaki, falleció repentinamente víctima de un aneurisma provocado, al parecer, por un exceso de trabajo. Tenía 47 años y, después de haber sido uno de los puntales de los mejores éxitos de la factoría Ghibli, acababa de dirigir una de sus más bellas películas: Susurros del corazón (1995). El suceso ensombreció el reino de las utopías del creador de Nausicaä. Miyazaki (pre)sintió el escalofrío de la muerte y supo del horror de percibir que su obra quedaría sin descendencia. Meses después presentó el filme por el que Hollywood acabó rendido a su talento, El viaje de Chihiro. Luego, anunció su retirada. No lo hizo porque, al mirar a su alrededor, no halló sucesor y su compañero, Takahata, va camino de los 80.
Así que, a regañadientes, Miyazaki siguió haciendo pequeñas joyas de la animación: El castillo ambulante (2004) y Ponyo en el acantilado (2008). La aparición de Gonzo Miyazaki, su hijo biológico, arquitecto reconvertido en director de anime, lejos de colmar y calmar la necesidad sucesoria evidenció que, pese al éxito comercial, Gonzo carecía del extraordinario talento de su padre. No es el hombre capaz de sostener la corona.
Se cuenta esto para avistar mejor el sentido de su última película y las razones que hicieron que, tras presentarla en el último festival de Venecia, Miyazaki volviera a anunciar su ¿definitivo? adiós. Vaya por delante que en El viento se levanta hay un sentimiento de obra total y testamentaria. Miyazaki  pasa revista a su propia historia con el pretexto de ilustrar y recrear la biografía de Jiro Horikoshi; el ingeniero del avión Zero, el caza con el que el ejército japonés arrasó Pearl Harbour y con el que, al final de la guerra, se inmolaban los pilotos kamikazes (viento divino), pervirtiendo el sueño de su creador. 
Ese viento, símbolo de hálito vital, paradigma del movimiento, atraviesa todas las culturas y sostiene a este filme maravilloso que habla sobre los sueños y el deber, sobre la Historia de Japón y las cosas cotidianas. Las personas que conocen a Miyazaki, se (re)encontrarán aquí con su universo. No solo el artístico sino el personal. En algún modo, Hayao Miyazaki, que parte de una novela convertida en manga por él mismo, se las ingenia para salpicar la biografía de Horikoshi con fragmentos de su propia existencia. La querencia por volar como paradigma de la libertad, la fantasía como motor de supervivencia, la infancia, la familia, la enfermedad… todo en Miyazaki pertenece al aire. Incluso la amenaza de la tuberculosis, esa infección bacteriana que destruye la respiración. 
En este viento epifánico con el que Miyazaki ilustra su crepúsculo, sobrevuelan imágenes de todas sus obras anteriores: Porco Rosso, Nausicaä, Totoro,…no falta nada ni nadie en su magistral capacidad para, a golpe de garabatos, traspasar la piel de lo real. Allí donde se anclan la fotografía y el cine, prisioneras de las apariencias, Miyazaki impone el milagro del sentimiento y la magia del pincel. Es ese poder sublimador lo que temen quienes sienten vértigo al pasar al otro lado de la realidad, a penetrar donde los dolores del alma y los sueños del espíritu no tienen límite. Vuelan libres incluso para ser convertidos en objetos de destrucción por quienes, psicóticos incurables, desprecian la vida ajena. Hermosa y descomunal película.

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