300: EL ORIGEN DE UN IMPERIO

La cara B 

Título Original: 300: RISE OF AN EMPIRE Dirección: Noam Murro  Guión:  Kurt Johnstad y Zack Snyder; basado en  “Xerxes”, de Frank Miller Intérpretes: Sullivan Stapleton, Eva Green, Lena Headey, Rodrigo Santoro, Andrew Pleavin y David Wenham Nacionalidad: EE.UU. 2014   Duración:  102 minutos ESTRENO: Marzo 2014

 
En el comienzo fue una novela gráfica, un tebeo hiperbólico que reinventaba el cómic épico de ecos mitológicos a fuerza de viñetas deslumbrantes. En el origen, su padre fue Frank Miller, un autor ya legendario que echa pestes y llama ladrones y violadores a los manifestantes del “Occupy Wall Street”. Luego llegó Zack Snyder y convirtió el relato de papel en una película excesiva, sin límite, casi descontrolada. De Snyder teníamos un excelente remake, El amanecer de los muertos (2003), luego vendrían Watchmen (2009), Sucker Punch (2011) y Superman: el Hombre de Acero (2013).
300 era la libre y desconcertante recreación de la batalla de las Termópilas. En ella, Snyder convirtió el universo de Miller en un pastiche desconcertante, una exaltación del cuerpo masculino. Pura homofilia de cuartel que convertía a Jerjes en una loca de vodevil. Más que un relato, 300 es una sucesión de secuencias coreográficas unidas en sus intersticios por un mínimo engrudo argumental. Una mujer y un hijo acorralados por la traición y un senado pusilánime incapaz de actuar esperan, impotentes, el sacrificio de sus 300 mejores espartanos.
En esta continuación, concebida como la segunda pieza de un díptico, Noam Murro, con Snyder acreditado en el guión, abunda en la época y recupera la aventura imperialista de Jerjes. Sin embargo hay un cambio de tono significativo, una alteración aparentemente menor,  pero demoledora en el fondo. Lo que en 300 estaba concebido desde la exaltación de lo bélico, una suerte de exhibicionismo de lucha grecorromana en un contexto manierista, Murro lo reconduce hacia los tics de la videoconsola. Allí donde la presencia de lo masculino era abrumadora, deja paso a una belicosa antagonista que vuelve a impregnarlo todo con referencias gays en dobles y triples lecturas. Para quien entre en ese juego, reportará un entretenimiento jubiloso. Quienes no participen de tan rudas sutilezas, sentirán que vuelven a perder el tiempo. Si la cara A no les gustó, la B, les parecerá la misma canción pero más discreta.

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