LA MUJER DEL CHATARRERO

La verdad y el tiempo de la ficción

TItulo Original: EPIZODA U ZIVOTU BERACA ZELBEJA Dirección y guión::  Danis Tanovic Fotografía: Erol Zubcevic Intérpretes: Senada Alimanovic, Nazif Mujic, Sandra Mujic, Semsa Mujic   Nacionalidad:Bosnia-Herzegovina, Francia, Eslovenia e Italia. 2013 Duración: 74 minutos ESTRENO: Febrero 2014
 
Dos niñas de corta edad, tres y cuatro años, juegan delante de la cámara. Una le dice (y le repite) a la otra, “no mires”. Se refiere a la cámara; y mientras la hermana pequeña hace caso, la mayor vuelve sus ojos hacia el objetivo y al hacerlo nos interpela en un gesto que el propio Bretch hubiera (a)probado. Con él, su director, Danis Tanovic, (En tierra de nadie, 2001; L’Enfer, 2005; Cirkus Columbia, 2010) nos coloca desde el mismo despegue de su relato en una situación incómoda. Con él, realiza un acto de extrema honestidad artística: nos previene sobre la extraña naturaleza de La mujer del chatarrero.
Ayer, 20 de febrero, Danis Tanovic cumplió 45 años. Y hace una semana, el protagonista de La mujer del chatarrero llamaba a las puertas de la Berlinale en un proceso paradójico. Un año antes, en ese mismo festival había sido galardonado como el mejor actor. Pero Nazif Mujic no es actor. Nazif Mujic no representa a nadie salvo a sí mismo, y su personaje, una de las miles de víctimas de la Europa del bienestar, un gitano bosnio desplazado de su tierra originaria, como acontece en el filme de Tanovic, volvió para decir que no puede alimentarse ni él, ni su familia.
Esa interferencia entre el tiempo de ficción y la verdad que lo sustenta confiere a La mujer del chatarrero una peculiar estructura. Con ella se reafirma Tanovic, un realizador fronterizo cuyo cine resulta difícil de encasillar. Con ella, este director (com)prometido con las cicatrices de Bosnia vuelve sus ojos, no hacia la ficción literaria sino hacia lo real de las cenizas de la guerra. Tanovic empezó con una parábola pacifista que denunciaba la pasividad de los Cascos Azules y la cruel estupidez de la violencia bélica; recondujo de manera arriesgada un proyecto póstumo de Krzysztof Kieślowski, un cineasta polaco que murió justo cuando su obra había logrado ser respetada, y trató de explicarse las razones del desgarro serbio-bosnio.
Ahora, en su obra más precisa, la más desnuda, se mueve entre las ruinas que Guerín mostró con En construcción, bucea en la miseria que nadie como Pedro Costa ha sabido indagar y asume las lecciones que película tras película los Dardenne levantan.
Entre esos tres referentes hay que ubicar a La mujer del chatarrero. Y como ellos, su argumento es simple. Un poblado hecho de deshechos y nieve; una familia formada por un matrimonio con dos niñas pequeñas. Los actores no existen, nadie los interpreta; simplemente son ellos mismos quienes se presentan. Y lo que, conducidos con afán de denuncia por Tanovic, reclaman, no es sino atención ante una situación extrema. Tanovic habla de la pobreza de los más desfavorecidos en un país en el que todavía perduran los ecos de la guerra (in)civil. Un aborto natural y la imposibilidad económica de recibir asistencia médica establecen los mecanismos de la pesadilla que La mujer del chatarrero encierra. En poco más de setenta minutos Tanovic retrata sin actores la gran comedia del mundo. Hay desgarro sin edulcoramiento y miseria sin obscenidad. A Tanovic no le hacen falta trampas sentimentales ni melodramas de cartón piedra. Tanovic permanece allí donde lo encontramos en su origen. En una tierra de nadie donde dos niñas de futuro incierto saben que las miran pero a las que les han dicho que no deben mirar, porque eso es el cine. Pero ellas, a veces, miran. Y sin embargo, al hacerlo no solo no se rompe la magia sino que se multiplica.
 

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