DE TAL PADRE, TAL HIJO

La tiranía de la sangre

Título Original: SOSHITE CHICHI NI NARU Dirección y guión: Hirokazu Kore-eda  Intérpretes: JMasaharu Fukuyama, Machiko Ono, Yoko Maki, Lily Franky, Keita Ninomiya, Shogen Hwang, Jun Fubuki  y Jun Kunimura Nacionalidad: Japón. 2013 Duración:  120 minutos ESTRENO: Diciembre 2013

Dentro de un par de años, cuando Spielberg haya filmado su remake de este filme, nos aportará argumentos para ratificar que el trabajo de Kore-eda en De tal padre, tal hijo, no es que sea bueno, sino que, sencillamente, es mejor. Desde luego no parece que esté al alcance del creador de E.T. y Tiburón superar el grado de equilibrio, profundidad y sutileza que, con suma sencillez, alcanza uno de los mejores cineastas japoneses en activo. Spielberg se enamoró del filme cuando lo vio en Cannes 2013. Él estaba al frente de un tribunal que, finalmente, designó a La vida de Adèle como la mejor película del certamen, mientras concedía a Kore-eda el Gran Premio del Jurado; ese que suele recaer en la película menos confortable, más resbaladiza. O dicho de otro modo, ese galardón que se premia con las tripas y desde el desasosiego. 
¿Por qué escuece más la película de Kore-eda que el tremendo y explícito filme de Abdellatif Kechiche? Porque Kore-eda se atreve a discutir un principio irracional ligado a lo más atávico del ser humano: los lazos de sangre. En estos momentos, De tal padre, tal hijo coincide en la cartelera con otro filme japonés hecho de melodrama suave y buenos sentimientos. Pero si Yamada en Una familia de Tokio reproduce con sordina y sin matices la historia de OzuKore-eda le da la vuelta a los valores tradicionales nipones y llena de intensidad lo que de otro modo sería pasto del caramelo. 
No es la primera vez que Kore-eda trabaja con niños. De ellos obtiene respuestas precisas e interpretaciones conmovedoras. Pero no se queda en el pellizco afectivo. Al contrario, el cine de Kore-edase las arregla para, desde un minimalismo argumental, llenar la pantalla de dudas. Enemigo del dogmatismo, empeñado en dar la vuelta a las apariencias y en desafiar los prejuicios, Kore-eda parte de un accidente; un cambio de bebés en el hospital donde nacieron. A los seis años, descubierto el error, amanece el dolor, la duda y el deseo: ¿qué queremos de nuestros hijos?, ¿para y por qué los queremos? Durante dos horas esa es la pregunta, la respuesta, aleccionadora e inapelable, la descubre en su último minuto salomónico, inteligente y conciliador, cuando nos muestra que la duda no pertenece a los padres, es propiedad de los hijos.
 
 

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