LAS BRUJAS DE ZUGARRAMURDI

Tres estilos, un pastiche
Título Original: LAS BRUJAS DE ZUGARRAMURDI Dirección:  Alex de la Iglesia Guión:Alex de la Iglesia y Jorge Guerricaechevarría Intérpretes: Hugo Silva, Mario Casas, Carmen Maura, Terele Pávez, Carolina Bang  Música: Joan Valent Fotografía: Kiko de la Rica  Nacionalidad:  España. 2013 Duración: 112 minutos ESTRENO: Octubre 2013
Si  las películas durasen media hora, Alex de la Iglesia sería el mejor director español de la actualidad. Se ha afirmado eso tantas veces que empieza a ser reiterativo. Pero a él, le da igual, él insiste y no se enmienda. No hay película suya que no crezca sobre un punto de partida singular, atractivo, prometedor. El director bilbaíno posee un buen olfato y un privilegiado sexto sentido para convocar algunos de los fantasmas que nos acechan en este tiempo de mala fe. Le antecede un pasado contracultural, gamberro y corrosivo y en él se pertrecha cada vez que decide embarcarse en una nueva aventura. En este caso, con la mirada puesta en El día de la bestia y sin perder de vista su propia biografía privada, Alex de la Iglesia se comporta como sólo lo hacen los que no se andan por las ramas ni viven de la impostura: hace cine para sacudir sus propios miedos, para hurgar en sus incertidumbres; a tumba abierta. 
Estas brujas conforman un tríptico. El del arranque, un desopilante robo en la Puerta del Sol madrileña a cargo de un grupo de “estatuas” urbanas, funciona como un relámpago. Acción, humor y ritmo. La película no corre, vuela. Es el momento de presentar a los personajes y Alex de la Iglesia los introduce con habilidad, en medio de una persecución salvaje, sin dar aliento al espectador. Se comporta como un Tarantino cañí. La segunda parte, la de la mansión de las brujas, se ancla en la vía bufa, entonces aparecen los ecos de Abbott y Costello y sus celebradas parodias de los años 50 para la Universal. Aquí, la sal gorda se espesa y el proceso narrativo se desacelera. El tercer y último acto, el demencial carnaval en Zugarramurdi, roza lo grotesco y convoca los iconos vascos en un tutti frutti disparatado y convencional. Tampoco aquí los efectos especiales alcanzan la ajustada precisión del primer tercio y, en ausencia de brillantez, todo se juega a la carta del guiño, del divertimento voraz y feroz. No hablaremos del tratamiento que la mujer: madre, suegra, abuela, esposa, amante… recibe en todas sus formas. Y sí de una peligrosa contaminación, la llamada de Torrente. El éxito de Segura ejerce una influencia fatal para la comedia española. Es el modelo hegemónico tras la muerte de Azcona. Se acabó el ingenio, viva la grosería.

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