INCH´ALLAH

Tierra de penumbra y miedo

Título Original: IONCH´ALLAH Dirección y guión:  Anaïs Barbeau-Lavalette  Intérpretes: Evelyne Brochu, Sabrina Ouazani, Sivan Levy, Yousef Sweid, Hammoudeh Alkarmi, Zorah Benali  y Carlo Brandt Nacionalidad:  Canadá y Francia. 2012   Duración: 102 minutos ESTRENO: Junio 2013

Como en un ritual trágico, Anaïs Barbeau-Lavlette abre y casi clausura su filme con idénticas imágenes. En ellas y con ellas vemos un bar de Jerusalén. En la terraza, una cliente pide un café.  Alrededor, un niño supuestamente judío por la kupá que corona su cabeza, contempla unas palomas enjauladas… Y aunque ese constructo suene a canción ya recitada, a metáfora fácil, eso no le impide acariciar una inteligente vuelta de tuerca; sabemos que se trata de un flash back pero también sentimos que podría ser un eslabón de una cadena infinita. Las víctimas son muchas pero la casuística se repite de similar manera. En algún modo, Inch´Allah también es un escalón que proviene de otro anterior.  En su caso se trata de Se souvenir des cendres, un documental que Barbeau-Lavlette hizo en torno al filme de Denis Villeneuve,  Incendies (2010). De hecho, es como si no conforme con dejar constancia del hacer de Villeneuve en su crónica del rodaje, esta realizadora canadiense hubiese querido ficcionar su propia percepción del campo de esta batalla fraticida.
Como una danza derviche, palestinos y judíos llevan medio siglo en un giro frenético derramando sangre de los hombres en nombre de Dios y eso es lo que da viento a esta estremecedora película que sirve de tarjeta de presentación a Anaïs Barbeau-Lavlette. Canadiense de nacimiento, nació en Quebec en 1979, es hija de profesionales del cine y nieta del artista plástico Marcel Barbeau. Si lo tuvo fácil o difícil es cuestión accesoria, lo determinante es que Anaïs Barbeau-Lavlette comenzó como actriz infantil, siguió las huellas paternas como documentalista, entre otros el citado trabajo sobre Incendies, y ahora ofrece esta seca crónica que perturba y desasosiega.
Como corresponde a alguien que ha crecido con una cámara en la mano y con la realidad como horizonte, Inch´Allah se sabe cine sin parafernalia; prosa directa que no se detiene en adornos ni en composiciones esteticistas. Más bien una suerte de neorrealismo de la era digital resuelto con sobriedad. El texto que arma su guión deviene en pretexto funcional, en prolongación de la propia sensibilidad de la directora. En algún momento, en alguna entrevista,  Anaïs ha señalado las dificultades que tuvieron para rodar durante la noche; hablaba del peligro inminente, de la amenaza de las sombras. Y sin embargo, la mayor parte de su metraje es nocturno; la mayor parte de lo que se vislumbra ha sido arrancada al silencio y al toque de queda. 
Inch´Allah busca levantar su alegato a través de un testigo de cargo ajeno a los contendientes de un conflicto teñido por las bombas. Desde esa mirada distanciada, la de una joven tocóloga canadiense que atiende a las pacientes de un ambulatorio en un campo de refugiados en Cisjordania, se teje su relato. Sus amigos son judíos, sus pacientes palestinos. Día a día, la tensión entre unos y otros le zarandeará hasta resquebrajarla. Si el artificio narrativo emana del cine político de los setenta, la óptica de Barbeau-Lavlette algo sabe y mucho debe al cine de los 90. De hecho, en los intersticios de su historia no es difícil percibir gestos de Kiarostami y de los Dardenne. Objetivos largos,  planos cortos, ahogo y asfixia. Pero lo decisivo es percibir la madurez de una autora que no hace concesiones. Sabedora que de recorre un camino muy hollado por el cine de los últimos treinta años, Inch´Allah, una expresión que se balancea entre nuestro “ójala”  y “Dios lo quiera”, une el rigor de una puesta en escena áspera con el contrapunto de la mirada infantil; hace del contraste entre la estampa y el estertor las señas de identidad de un filme que radiografía el infierno para mostrar su injustificada existencia.

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