EL GRAN GATSBY

Hipérbole, ambición y lujo
Título Original: EL GRAN GATSBY Dirección: Baz Luhrmann Guion:  Baz Luhrmann y Craig Pearce; basado en la obra de F. Scott Fitzgerald  Intérpretes: Leonardo DiCaprio, Tobey Maguire, Carey Mulligan, Joel Edgerton, Isla Fisher, Jason Clarke y Elizabeth Debicki   Nacionalidad:  Australia y EE.UU. 2013  Duración: 143 minutos ESTRENO: Mayo 2013

Quince minutos después del comienzo de la versión de El gran Gatsby de Luhrmann todavía no sabemos nada de DiCaprio y ya se dan los primeros síntomas del mareo que nos sobreviene. Luhrmann no ha hecho una película sino un tiovivo. Confunde velocidad con sobresalto, trueca profundidad por engolamiento. De ese modo, cuando el filme encara su segunda mitad y se sabe que todavía faltan casi 80 minutos, hay motivo para el agotamiento. Se dirá que Leonardo DiCaprio estaba predestinado para este papel. De hecho, parece un recosido entre su personaje en Titanic y su protagonista en El aviador. Sin embargo, durante muchas fases del filme presentimos que Luhrmann no le ha dado información alguna. Éste no da aliento a un personaje, lo escupe en una sucesión de sobresaltos incapaz de mantener la más mínima identidad psicológica. Su Gatsby carece de justificación; su misterio, no interesa; su pasión, no se percibe; su sacrificio y su perdición dejan de ser estimables y en todo caso apenas representa el pecado original de EE.UU.: el sueño de enriquecerse.
Para ampliar el naufragio, Tobey Maguire se empeña en recordarnos que desde que le picó una araña en Spiderman se ha quedado alelado sin remedio; ahora solo hace muecas, sufre en silencio, soporta personajes de una pasividad tal que se disuelven. Tampoco Carey Mulligan aporta carisma a una sensualidad carnal demasiado física como para rozar pensamientos sublimes. Con ese elenco, Luhrmann hace lo que le es propio: el baile de San Vito con una cámara más nerviosa que un descenso de slalon el día de año nuevo. ¿Qué queda del verbo de Fitzgerald? Una huella tenue; un telón de fondo hecho de hipérbole visual, resuelto a golpe de pornográfica exaltación del lujo. 
Luhrmann que reinventó el Romeo y Julieta de Shapeskeare para la generación del vídeojuego y que se midió con el John Huston de Moulin Rouge con un resultado discutible; se pierde por completo en un filme del que apenas nada resulta memorable. Aquejado por el paroxismo del Ken Russell de sus delirios postreros; su Gatsby acaba siendo la suma de 143 trailers de sí mismo. En realidad, todo se compila en un minuto, un minuto repetido 143 veces hasta perder el sentido.

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