G.I. JOE: LA VENGANZA

Carne de consola, cine de barrio
Título Original: G.I. Joe: Retaliation Dirección:  Jon Chu Guión:  Rheet Reese y Paul Wernick   Intérpretes:  D.J. Cotrona, Byung-hun Lee, Adrianne Palicki, Ray Park, Jonathan Pryce, Ray Stevenson, Channing Tatum y  Bruce Willis Nacionalidad:  EE.UU.  2013 Duración: 110 minutos

Tratar de analizar G.I. Joe, La venganza conlleva encallar con la entrega anterior. De hecho, sobre ella llovieron críticas tan descalificadoras como inoperantes; era muy mala, pero saberlo no ha evitado que tengamos aquí un nuevo capítulo. La ventaja, como suele acontecer con lo que empieza muy mal, es que no puede ir a peor. De hecho, La venganza no sólo repite las maneras y los logros de la primera, sino que incluso resulta más visual y contiene unas coreografías bélicas de notable intensidad. Parece un catálogo de las mejores escenas de acción del cine de aventuras del siglo XXI.  
Como aquí no hay mayor ambición que la de apelar a la complacencia de un público mayoritariamente masculino, iniciado en el territorio de las consolas, de corta edad y ninguna voluntad de adentrarse en laberintos mentales, el trabajo de Jon Chu cumple con su cometido. Su arranque podría abrir cualquier videojuego y, de hecho, el propio filme lo subraya cuando, tras la escena inicial, coloca a dos protagonistas jugando con la Play en un simulacro donde lo real y lo virtual se (con)funden.
Su reino, nada sabe de ser singular. Mezcla la trama de Misión imposible con el hacer escópico y circense de Los vengadores. Tampoco olvidan dos rasgos de contemporaneidad: chicas que combinan la sensualidad de una top model con la capacidad de lucha de Catwoman y, por supuesto, la llamada de la katana; arma singular capaz en los tiempos actuales de partir balas con precisión prodigiosa. Atrás quedó aquel gag de Indiana Jones, en el que Ford se deshacía de un feroz guerrero con una gran cimitarra, gracias al invento del señor Colt.
Quedan los posos que siempre aparecen en el fondo de las bebidas mal filtradas. Los de aquí asumen una ardiente defensa de la energía nuclear, de los cuerpos policiales de élite y del valor de la alta tecnología y las viejas proclamas patrióticas. También aparece un abierto desprecio por el fervor de las masas. Cuanto más agresivo y sanguinario se muestra el presidente, más crece su popularidad, así se nos cuenta. Pero tampoco es necesario aplicar análisis políticos a lo que carece de cualquier voluntad de construir otra cosa que un aparatoso divertimento que sólo entretiene a aquellos que se fatigan ante la necesidad de pensar.

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