EL CUARTETO

Música, amor y arrugas
Título Original: QUARTET Dirección: Dustin Hoffman  Guion: Ronald Harwood Intérpretes: Michael Gambon, Maggie Smith, Billy Connolly, Pauline Collins, Tom Courtenay y Sheridan Smith   Nacionalidad:  Reino Unido. 2012  Duración: 95 minutos ESTRENO: enero 2013

Una ley no escrita confirma que los actores veteranos cuando se sienten tentados por la dirección, salen bien librados del reto si fían su suerte en la materia interpretativa. Es decir, si acuden en ayuda de lo que son: cómicos que juegan a representar lo que no son. Dustin Hoffman, uno de los tres monarcas del cine yanqui que se coronó en los 70, De Niro y Pacino son los otros dos, llevaba ya bastantes años sin dar señal de su talento. Como los dos actores nombrados, Hoffman se ha visto relegado a papeles secundarios en intervenciones menores al servicio de películas sin ambiciones.
Decidido a cambiar de tercio, El cuarteto aparece como una de esas películas amables. Su naturaleza es de amor y lujo, algo que, en este caso, se aplica al digno servicio de reivindicar que la edad avanzada no es sinónimo de ocaso y tristeza. Con un arranque titubeante, Hoffman obtiene un filme eficaz, una de esas películas que parecen haberse hecho solas y que sin embargo se alzan sobre una filigrana argumental. Cine asentado y sin riesgos, la historia de El cuarteto utiliza la música como aliño decisivo para hablar de la tercera edad.
Hoffman, buen conocedor del oficio, ha acudido a Gran Bretaña; y allí, en el corazón de esa cultura vieja de abolengo hondo y tradición ancestral, ha reclutado a un grupo de actores y músicos con los que ha organizado su escuadrón reivindicativo sobre el valor del arte y la belleza. El filme, una suerte de historias cruzadas, obra coral de secundarios históricos y primeras figuras sobresalientes, avanza a golpe de enredo, mezcla el romance con la picardía, la reflexión amable sobre el paso del tiempo y la vejez con la esperanza de un presente de duración incierta pero pasiones intactas (o casi). En su debú como director, Hoffman sale bien librado al optar por la eficacia por encima del brillo. Este cuarteto no busca excelencias ni singularidades. Al contrario. Procura entretener al espectador por la vía de la vitalidad, la sonrisa y una cierta socarronería que prefiere pellizcar a cortar, insinuar a acometer, asomarse a profundizar. Y en el peor de los casos, si el espectador resulta inmune a estos caracoleos otoñales, siempre le queda el magnetismo de la música, un poder abstracto, una sopa sonora que a falta de densidad, procura digestiones rápidas.

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