CÉSAR DEBE MORIR

Shakespeare encadenado
Título Original: CESARE DEVE MORIRE Dirección: Paolo y Vittorio Taviani   Guion: Paolo y Vittorio Taviani; con Fabio Cavalli; basado en la obra de W. Shakespeare  Intérpretes:  Cosimo Rega, Salvatore Striano, Giovanni Arcuri , Antonio Frasca, Juan Dario Bonetti y  Vittorio Parrella  Nacionalidad:  Italia. 2012    Duración: 76 minutos ESTRENO: Noviembre 2012

Hubo un tiempo en que invocar el nombre de los Taviani era mentar el punto de ignición en el que se abrasaban las mejores reflexiones sobre la historia de Italia. Poseedores de un estilo poético simbolista y libre, empeñados en levantar frescos históricos, películas como Padre Padrone (1977) y La noche de San Lorenzo (1982)  se abrochaban al legado de uno de los hombres míticos del cine italiano: Roberto Rossellini. Ciertamente, a medida que el tiempo fue transcurriendo, la sombra del autor de Te querré siempre (1954) fue desvaneciéndose ante un cine cada vez más manierista resuelto con un activismo político acusado de anacrónico en el tiempo del advenimiento de los efectos especiales y el cine de consumo masivo.

Nacidos en los finales de los años 20 y comienzos de los 30, estos octogenarios a quien en los últimos años se había desterrado de las salas comerciales, parecían haber desaparecido víctimas de un tiempo en el que su vibración lírica había perdido sentido. Por eso, el sorprendente éxito en el festival de Berlín de César debe morir, sirve para reforzar un reencuentro que, como los protagonizados por gentes como Raul Ruiz, el último Antonioni y el eterno Oliveira, pone de relieve el valor de los viejos autores surgidos de los escombros de la segunda guerra mundial. 
El contenido de este filme de 76 minutos se llena con una representación teatral. Una doble reflexión sobre el final de un tiempo que lleva a Shakespeare a ser interpretado en el interior de un penal. Lenguaje y metalenguaje en clave de un clasicismo rabiosamente actual. La no ficción, los actores son convictos, y la ficción, la tragedia y asesinato de Julio César, entrelazan lo real con lo representando. Del choque entre actores aficionados que recitan las palabras de Shakespeare surge un chirriante crujido. Y con él, el extrañamiento de percibir que esos hombres, con largas penas de prisión y en muchos casos con sangre en sus manos, no son sino los descendientes directos de ese César que lleva muriendo siglo tras siglo gracias al verbo de Shakespeare. La grandeza de este mazazo de los Taviani reside en dos leves gestos. La facilidad con la que ruedan libres de imposturas, y la perdurable pertinencia y vigencia de un texto inagotado.

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