¡ATRACO!

Bufones trágicos


Título Original: ¡ATRACO! Dirección: Eduard Cortés Guion: Eduard Cortés, Piti Español y Marcelo Figueras  Intérpretes: Guillermo Francella, Amaia Salamanca, Nicolás Cabré, Óscar Jaenada, Daniel Fanego y  Jordi Martínez  Nacionalidad:  España,Argentina. 2012     Duración: 116 minutos ESTRENO: Octubre 2012

Argentina ha acudido en masa a llorar y reir con esta farsa tragicómica que tiene a bien atar dos destinos que con tanta frecuencia se encuentran y desencuentran: el argentino y el español. Ubicada en la trastienda del franquismo, cuando todo estaba bajo un yugo de hierro, el filme parte de una anécdota. Una broma narrativa que propone derivar en icono de las miserias de los regímenes totalitarios y ridiculizar el absurdo culto al dictador, aunque sea un mujer llamada Eva Perón. El embrión argumental se reduce a lo siguiente: confiando en el resurgir del peronismo, los fieles al general en ese momento, 1955, viudo y refugiado en Panamá, empeñan en una joyería de Madrid la cara bisutería de la ya fallecida Evita Perón. El establecimiento, frecuentado por Pilar Franco, amiga del ornamento y el abalorio, tienta a la dictadora y pone en alerta al joyero español y a los fieles peronistas. Se sabe que doña Carmen se encapricha con las joyas y las rapiña sin dar nada a cambio, de manera que joyero y peronistas ponen en marcha un espectacular robo que evite pérdidas a unos y otros. 
Lógicamente esto corresponde a la presentación, el nudo será un lío y el desenlace un quiebro de guión que cambia el tercio para adentrarse en lo trágico. Eduard Cortés, un director polivalente de quien cabe esperar casi todo, ha armado un reparto argentino-español bien construido para la farsa y el humor. En algún modo, ¡Atraco! crece sobre un baile de parejas; las que por un lado representan los dos agentes peronistas, uno creyente acérrimo, el otro, un huérfano en busca del padre; y los dos policías españoles encargados de desmontar las chapuzas de lo que pretendía ser un atraco perfecto. Desde el comienzo, Cortés decide cargar el filme por el lado de la astracanada, por el exceso y la caricatura; por el humor y la sal gruesa. Y ciertamente, poco a poco, el filme impone esa mirada suave a la España de los 50 en la que sin solemnidad ni gravedad ideológica se airean las miserias del país. Ese desdramatizar lo patético tenía modelos magistrales, de los Coen a Joon-ho. Pero Cortés, contagiado por la época en la que transcurre su filme, se llena de telarañas y extravía una mirada que si por un lado pretende contemporaneidad, por el otro, rezuma legañas de anacronismo.

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