HARAKIRI, MUERTE DE UN SAMURÁI

Elogio de la compasión
Titulo Original: ICHIMEI Dirección: Takashi Miike Guión: Kikumi Yamashishi; basado en la novela “Ibun rônin-ki”, de Yasuhiko Takiguchi Intérpretes: Ebizô Ichikawa, Kôji Yakusho, Eita, Hikari Mitsushima y Naoto Takenaka Nacionalidad: Japón. 2011   Duración:  126 minutos ESTRENO: Agosto 2012
Hace unos años, en el núcleo duro del festival de Sitges, en la sesión nocturna, con un cine que llenaba hasta la cabina del proyeccionista, se dio la entrada al director del filme que se iba a proyectar en aquel momento. La sala se puso en pie y los aplausos, vítores y gritos removieron las piedras del vetusto cine del Prado en Sitges. Lo singular de ese recibimiento era que el responsable de esa locura colectiva sólo había conseguido estrenar hasta entonces una única película en España, Audition. Eso pese a que ya había filmado casi treinta largometrajes, a veces con una frecuencia de 4 y 5 películas al año. Daba igual, La inmensa mayoría del público del festival de Catalunya se sabía de memoria todos sus trabajos. Los había visto en ese mismo local a lo largo de los últimos años del festival o los había conseguido a través de internet. Sea como fuera, había acuerdo: Takashi Miike es un fenómeno impredecible. Nunca se sabe cómo será su siguiente obra.  A veces, puro delirio. A menudo, cine vibrante y brillante. Siempre, cine apasionado resuelto con inteligencia y singularidad.
Es cierto que hay títulos de Miike cuya defensa resulta complicada; lo mismo que hay películas inolvidables. Hara-kiri, muerte de un samurái pertenece a esa categoría de lo imperecedero. Lo era ya la película de Masaki Kobayashi, Hara-kiri (1962), de cuya base argumental recoge Miike su principal contenido. Y lo era la anterior película de Miike, 13 asesinos, una especie de guiño envenenado al Kurosawa de los Siete samuráis. Con Hara-kiri, Miike ofrece un radical cambio de registro. Nunca dos filmes ambientados en la épica de los samurais fueron tan distintos. Si en el excelente 13 asesinos, Miike llegaba a sublimar sus coreografías de muerte; aquí, la violencia esconde un significado sacrifical e íntimo. Bajo la mueca de ferocidad de Miike habita un autor empeñado en recuperar el poder conmovedor del cine. Un militante crítico con las convenciones que lleva años defendiendo en su cine la necesidad huir de la impostura. Su Hara-kiri se llena de venganza, culpa y redención; es un ensayo sobre la perversidad del poder y su falta de compasión; una suerte de poema en torno a la fidelidad y el (des)honor. Algo que rezuma una dolorosa piedad por la mísera condición del ser humano. 

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