60 DONOSTIA ZINEMALDIA 2012 FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN

Un peaje al ridículo y dos incursiones bienintencionadas 

No hay autopista sin peaje ni festival sin disparate y en esta sexagésima edición del Zinemaldia, en donde se respiraba buen cine, en la jornada de ayer, con tres películas a concurso, saltó el impuesto a la concesión. Su título, Venuto al mundo; y su ¿justificación?, la presencia de Penélope Cruz, cuyo reclamo sigue siendo tan cotizado como lamentable resulta su olfato para escoger papeles. Para redondear una jornada con trabajo extra, para compensar la huelga del día de hoy, dos filmes preocupados por la cuestión judía. Uno, Die Lebenden, de la directora austriaca Barbara Albert, quien perfora los subterráneos de la memoria de Auschwitz  para exorcizar la mancha original del pasado nazi. El otro, The Attack, obra del director Zaid Doueiri, quien se adentra con decisión en el irresoluble conflicto palestino-israelí. La reflexión ideológica en ambos casos resulta infinitamente más interesante que su literatura cinematográfica. O si se prefiere: el vigor y el valor de lo que se cuenta tapa las enormes carencias de dos películas de evidente discreción y escasas fuerzas. Hay en ellas poco cine, aunque sea mucha su convicción.

Un culebrón en los Balcanes
Comencemos por lo peor. El cine italiano lleva muchos años paseando como un alma en pena por el festival donostiarra. La proximidad de Venecia que se queda, como es natural, con el mejor pescado de casa, y las horas bajas de una cinematografía dominada por grandes maestros en los años 40, 50, 60 y 70 pero ahora defendida por apenas un puñado de autores relevantes, explica –aunque no justifica- que se escogiera a concurso un filme como el que firma Sergio Castellito.
Se le atribuye a Hitchcock, un profesional del cine que algo sabía del oficio, su recomendación de no rodar jamás con niños y animales. De haberle preguntado algo más al autor de Psicosis, seguro que habría hecho extensible su recomendación a no utilizar jamás en una película ni poetas ni mimos. Sólo cuando son excelsos pueden contribuir a hacer una buena película. En otro caso, su presencia siempre convoca al más espantoso de los ridículos. Castellito, en su paseo por una Europa rasgada por el infierno de la guerra bosnio-serbia, echa mano de ellos y en consecuencia es ridículo casi todo lo que ofrece esta película.
Habría que bucear en la juventud del certamen para encontrar que, en una cinta a concurso en la sección oficial, el siempre complaciente público donostiarra pierda la compostura dando síntomas de rechazo. Eso aconteció en el pase de prensa, en medio de una deserción de espectadores que se perdieron la traca final, homenaje incluido a Kurt Cobain, el suicidio y la heroína y con expresiones de rechifla. Pero más exactamente lo que provoca Venuto al mundo es risa y perplejidad ante un guión que no teme incurrir en la obscenidad de utilizar los rasgos más crueles de la guerra al servicio de un folletín tan inverosímil como insoportable.
En medio de un bombardeo de despropósitos, con diálogos altisonantes, personajes histéricos y con una historia de amor entre un descerebrado feliz y una mujer desgarrada por su infertilidad, le queda a Penélope Cruz la imposible tarea de no desmoronarse ante un papel que prueba que la actriz española es más actriz de lo que sus personajes demuestran.
El doctor y la terrorista

 
No provoca precisamente hilaridad la película de Zaid Doueiri, The Attack. El director libanés, autor de Lila says (2006), conoce bien el oficio y no tiene problema alguno en sostener con agilidad un filme que ilustra el contexto del terrorismo palestino a través de un argumento que explora el (des)conocimiento que un marido felizmente casado durante 15 años, tiene de su propia esposa.
The Attack se sabe poseedora de un tema poliédrico y complejo y, al contrario que el filme de Castellito, no frivoliza el tema, no lo cosifica al servicio del espectáculo y de la historia individual sino que trata de asomarse al precipicio del horror del ojo por ojo y muerte por muerte.
Lo mejor del hacer de Doueiri hay que buscarlo debajo del melodrama que desarrolla. En ese paisaje y paisanaje de judíos y palestinos, dos sociedades ahogadas por el miedo y asfixiadas por la culpa, Allí, en un callejón de muy difícil salida, un eminente cirujano de origen árabe, condecorado como una figura relevante por la sociedad israelí, protagoniza un recorrido por sus raíces para encontrar una verdad que solo hallará en forma de una ruptura personal. Busca saber quién fue en realidad su mujer, muerta en un atentado palestino y de quien se sospecha fue la bomba humana, y termina por naufragar en su deseo de encontrar respuestas capaces de reconfortar su angustia
Basada en un best seller de Yasmina Khadra; Doueiri tropieza con las debilidades del relato y contraataca con su capacidad para imprimir sugerencia a lo que la cámara recoge. El contenido resulta tan atractivo como irrelevante resulta el perfil de sus personajes. Sorprende la debilidad del proceso, el artificio de una puesta en relato de unos personajes que se saben fabricados para ilustrar un tema lleno de incoherencias argumentales. Esa falta de carnalidad en los personajes, lleva a Doueiri a mostrar los flash back de la relación de la pareja con desgana, a no poder disimular las costuras del guión, una carta personal que aparece sin que el servicio de inteligencia israelí lo detecte, o a dibujar sin convicción la ceguera absoluta de un gran cirujano que también evidencia una enorme miopía para darse cuenta de lo que acontece a su alrededor.
El abuelo fue de las SS
Menos atractivo y con más concesiones a costa de restar precisión a su historia apareció Die Lebenden. En esencia su contenido también crece sobre el periplo de la búsqueda de una verdad. En este caso la de saber qué papel jugó durante la segunda guerra mundial el abuelo de la joven protagonista, un venerable aunque recio anciano que cumple 95 años y cuyo pasado presenta algunas zonas turbias.
Con un tono de contemporaneidad trufado por una banda sonora que resulta de lo más atractivo, la directora austriaca Barbara Albert tiembla por el peso del tema que trata de pergeñar y se pierde en su argucia de montar un contrapeso con un relato de amor de una insustancialidad extrema.
Lo que acontece en la pantalla, los pasos hacia el descubrimiento de lo que ocurrió e incluso la misma realidad mostrada, se diluyen ante la obviedad de los episodios personales que ilustran la relación de Sita, nombre de la protagonista, en sus idas y venidas por Berlín, Viena, Varsovia y Rumania. Poco, muy poco añade esta película a un tema que ha sido llevado al cine con trabajos inolvidables y poco, muy poco, quedará de ella en el recuerdo porque nada hay en ella que deje huella.

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