ELENA

Cría cuervos…ruso
 Título Original: ELENA Dirección: Andrey Zvyagintsev Guion: Oleg Negin y Andrey Zvyagintsev  Música: Philip Glass Intérpretes:  Andrey Smirnov, Nadezdha Markina, Elena Lyadova, Alexey Rozin y  Avgenia Konushkina Nacionalidad:  Rusia. 2011    Duración: 109 minutos ESTRENO: Julio 2012
Con el plano de apertura, Zvyagintsev muestra su carta de intenciones. Se trata de un paisaje. En primer plano, las ramas de un árbol; al fondo, los amplios ventanales de una vivienda. El plano permanece inmóvil, sin ninguna perturbación. Tan solo un simple juego con la profundidad de campo hace que las ramas nítidas y el fondo desenfocado den paso a lo contrario. Ese plano, reaparecerá al final y para entonces el espectador habrá tenido sobrada información sobre lo que acontece en ese hogar de alto lujo y escasa sensibilidad.
Si lo propio del relato es enseñar, resulta evidente que este cuento terrible, que se sabe heredero de Dostoievski y es fiel exponente de la Rusia del tiempo presente, elabora una lección impagable sobre  las miserias y debilidades del ser humano.
Andrey Zvyagintsev levanta un sólido templo dedicado al hombre y sus desvaríos; un relato de estructura solemne, un ritual de geometría perfecta y rigurosa armonía. Pura música, abstracción figurativa en la que los cuerpos lo son en medida de que sirven de vértices, de referentes a un poema desolador y desolado sobre la percepción.
La cuestión que anima a Elena es el punto de enfoque, ese grado de atención que hace que el mismo escenario se transforme en función de dónde se pose nuestra atención. La del espectador de Elena se ve zarandeada por la voluntad de un cineasta que en su inicio con El regreso fue emparentado con Tarkovski y que con Elena podría ser reubicado en el vacío dejado por Kieslowski tras su muerte. Como el cineasta polaco, la partitura musical se hace luz y fundamento. En Elena se dibuja con el pentagrama de Philip Glass y se hacen rimas con los silencios de sus personajes. Todos soberbios. Todos deslumbrados por una Nadezodha superior, ella no interpreta, ella, es. Y con ella se alumbra la estulticia del hombre, la ceguera paterna, el desagradecimiento de los hijos y, en este caso, un espejo sobre la descomposición de Rusia que da escalofríos. Narrada con una suerte de contrastes entre el barrio rico y el pobre, entre el destino y el azar, entre la piedad y el crimen, Elena supone una de esas sobrecogedoras películas que pasan por nuestro lado de manera sigilosa y se quedan con nosotros durante toda una eternidad.

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