ADIÓS A LA REINA

La lectora y el deseo

Título Original: LES ADIEUX À LA REINE Dirección: Benoît Jacquot  Guión: Benoît Jacquot y Gilles Taurand; basado en la novela de Chantal Thomas  Intérpretes: Léa Seydoux, Diane Kruger, Virginie Ledoyen, Xavier Beauvois, Noémie Lvovsky y Michel Robin Nacionalidad: Francia y España. 2012  Duración: 128 minutos ESTRENO: Mayo 2012

Aunque resulta inevitable mirar de reojo las huellas de lo que Sofia Coppola hizo con su biopic sobre María Antonieta, la esposa de Luis XVI, los últimos minutos de Adiós a la reina, sin duda los mejores y en donde se condensa toda la reflexión de la novela de Chantal Thomas, muestran que Benoît Jacquot se mueve en un registro muy diferente. No hablamos de mejor o peor punto de vista, sino de objetivos y logros. A Sofia Coppola le atraía el magnetismo de esa reina trágica a la que convertía en un icono posmoderno propio del siglo XXI.  Jacquot, que dedica mucho tiempo a recorrer los pasillos de Versalles para retratar un microcosmos de cortesanos y doncellas agitados por los murmullos del cadalso que llegan de la Bastilla y de París, le interesa mucho más ese material como metonimia del deseo y el desclasamiento. 
Bajo esa perspectiva, Adiós a la reina en nada se asemeja al filme de Coppola, por más que ambos cuenten prácticamente los mismos sucesos históricos. El filme de Jacquot se asemeja más al Danton de Wajda y al Kagemusha de Kurosawa porque, como ellos, no se empeña en traer el pasado al presente sino en extraer del pretérito lo que resulta eterno: o sea, las pasiones humanas y su fragilidad, ese carácter efímero de criaturas de paso que son capaces de mirar sin ver al otro.
Maria Antonieta, interpretada por Diane Kruger,  es el cuadro observado, el paisaje de fondo. Su sirvienta, una joven doncella cultivada y pobre, escogida como lectora para amenizar a la reina, deviene en testigo y protagonista de quien se siente irremisiblemente tentada por el poder y su símbolo.
Con pulsiones lésbicas y en un entramado azotado por la convulsa agitación del principio del fin, Jacquot traslada la novela de Chantal Thomas al territorio de lo fílmico, asumiendo que la cámara debe registrar aquello que en el papel se diluye. El sonido visual, ese puré de edificios históricos y trajes de época que tanto acartonan los filmes con raíz en el pasado, se equilibra con una abundancia de planos de interior y luces bajas. Lo que le importa a Jacquot es envolver un desenlace de alto voltaje emocional y de impagable valor metafórico. Una  descarga postrera que legitima el excesivo ir y venir y poco decir de sus primeros 60 minutos.

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