EL MONJE

Surrealismo gótico y setentero
Título Original: LE MOINE Dirección: Dominik Moll Guión: Dominik Moll y Anne-Louise Trividic; según la obra de Matthew G. Lewis Intérpretes: Vincent Cassel, Déborah François, Joséphine Japy, Sergi López, Jordi Dauder y Geraldine Chaplin Nacionalidad: España y Francia. 2011 Duración: 101 minutos ESTRENO: Febrero 2012
En los años 60 Luis Buñuel y Jean-Claude Carrière soñaron con llevar al cine la novela de Matthew G. Levis, El monje. No cuesta trabajo imaginar el deleite que debió sentir el director de La vía láctea y Simón del desierto por la historia de un predicador soberbio al que su buvanidad pone en el camino del horror. Esa mezcla de sexo, fanatismo religioso y arrobamiento espiritual aportó el combustible necesario para que se disparase el engranaje Buñuel-Carrière.
Para quien se declaraba ateo gracias a dios, esta historia de perversión y pesadilla ofrecía un buen material para obsequiar a sus fervorosos detractores del Vaticano. La falta de dinero, como en tantas ocasiones, impidió que el proyecto se hiciera real. Ahora, cincuenta años después, sorprende entrever en los intersticios del filme de Dominik Moll el espíritu de Buñuel. Hay una suerte de anacrónica sombra buñuelesca en este filme que Moll dirige con singular tacto. De entrada se agradece que El monje no incurra en el catálogo convencional de esos efectos especiales que se repiten hasta la saciedad en el actual cine fantástico. Al contrario. Moll recrea una atmósfera setentera, luces cegadoras y tinieblas góticas, con una suerte de bizarra puesta en escena que no se encuentra lejos del filme póstumo de Raoul Ruiz, Misterios de Lisboa. Como se sabe, el cineasta chileno afincado en París fue uno de los últimos francotiradores del surrealismo cinematográfico del que Luis Buñuel era santo, seña y modelo.Y en efecto. En El monje, como en Misterios de Lisboa, el folletín es la clave, la orfebrería sentimental la cadena y el drama extremo y radical, su ADN originario. En ese sentido, El monje aporta algunas secuencias interesantes, no teme mancharse de ridículo y su imaginería convoca instantes febriles que descolocarán a buena parte del público, pero que la salvará del olvido.
Imperfecta, desajustada, con apariciones pésimas como las que encarna el actor Sergi López, El monje desfallece justo cuando la necesidad de una dirección radical se hacía más decisiva. No la hay y, en consecuencia, todo se mueve entre lo que podía haber sido, mucho, y lo que es, poco. Pero eso sí, devuelve el interés por (re)leer la novela y afirma que el espíritu de Buñuel y el surrealismo todavía no se ha agotado.

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