LA HORA MÁS OSCURA

Marcianos en RusiaTítulo Original: THE DARKEST HOUR Dirección: Chris Gorak Guión: Jon Spaihts; basado en un argumento de Leslie Bohem, M.T. Ahern y Jon Spaihts Intérpretes: Emile Hirsch, Olivia Thirlby, Max Minghella, Rachael Taylor y Joel Kinnaman Nacionalidad: EE.UU. y Rusia. 2011 Duración: 91 minutos ESTRENO: 2012 Enero
Marcianos invisibles, ectoplasmas eléctricos que desintegran lo que tocan y turistas americanos que sobreviven en medio de una implacable operación exterminadora. Estamos en Moscú, en plena invasión alienígena, a bordo de una película lamentable cuya existencia pone en entredicho los criterios del mercado. Y es que La hora más oscura sirve sobretodo para evidenciar que la crisis económica no es nada comparada con la crisis de talento que parece sufrir la industria cinematográfica. En tiempos de la serie B, en programas de barrio, en sesión continua y en mercadillos de todo a un euro, La hora más oscura hubiera tenido alguna justificación y cierta gracia. Hay algunos personajes antológicos, un atrezzo de falla y algunos inventos propios del Mortadelo de los mejores tiempos. Pero La hora más oscura se ofrece como un filme con pretensiones.
Pretensiones de hacer dinero porque basta con hurgar en el historial de su director, Chris Gorak, para extraer el dato de que se trata de un alumno ¿aventajado? de Timur Bekmambetov, el autor de Guardianes de la noche entre otros monumentos al gazpacho ruso consistente en mezclar Mad Max con historias de vampiros.
Lo desalentador de estas iniciativas es que precisamente esa basura rusa es la que ahora patrocinan y venden desde EE.UU. como si fuera oro blanco o caviar báltico. Es evidente, que de Gorak, ayudante de Bekmambetov, sólo cabía esperar lo inane. De tal palo, tal paliza y la que obtiene el espectador en La hora más oscura es de las que se reciben sin dar crédito. Resulta inconcebible enfrentarse a un guión cuyos diálogos se limitan a decir lo que ya vemos. Cuyos personajes rozan la estulticia. Y cuyo conflicto primordial es que nadie sabe nada, salvo insistir en un peregrinaje por un Moscú completamente deshabitado. Cuando el filme entra en su segunda mitad y aparece un grupo de supervivientes rusos, cuando la hora de la revancha parece llegar y cuando el espectador sabe que ha malgastado por completo su dinero, se vive lo mejor del filme. Entonces aparece un impagable grupo de guerrilleros disfrazados de carnaval metálico y compone la viva estampa del desatino que puede llegar a forjar el peor cine del siglo XXI.

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