LA DAMA DE HIERRO

Un regalo de actriz
Título Original: THE IRON LADY Dirección: Phyllida Lloyd Guión: Abi Morgan Intérpretes: Meryl Streep, Jim Broadbent, Richard E. Grant, Iain Glen, Anthony Head , Harry Lloyd, Roger Allam y Alexandra Roach Nacionalidad: Reino Unido. 2011 Duración: 105 minutos ESTRENO: Enero 2012

Phyllida Lloyd y Meryl Streep se conocieron durante el rodaje de Mamma mía, una convencional adaptación del musical del mismo título que arrasó en las taquillas. C
on la mirada puesta en aquellos días, no cuesta trabajo imaginar que en pleno rodaje, tarareando la herencia del legado musical de los suecos ABBA, la directora y la actriz se sintieran transportadas a los felices años 70 y 80. ¿Qué vieron y qué revivieron entre las estrofas de Waterloo y Chiquitita?: Su juventud. Y con ella, los años del esplendor en la hierba, la nostalgia del pasado y, como un eco quejumbroso y misterioso, la evocación de una sombra, la de Margaret Thatcher. Sólo desde esa premisa de plácida autocomplacencia con el ayer puede entenderse el acaramelado retrato que Lloyd dirige y Streep borda en este filme titulado La dama de hierro. Freud explicaría convincentemente qué ambivalente sentimiento se esconde bajo esa metáfora que ata conceptos ¿misóginamente? antagónicos -dama y hierro-, de muy alta eficacia simbólica.
El caso es que La dama de hierro, en su estructura cuántica, en donde el tiempo se entrelaza en una confusa atadura cronológica, vemos fundirse toda la vida de la primera ministra británica en una suerte de ensoñación. Un duermevela en el que Lloyd escamotea las sombras históricas y Streep le confiere la luz de su singular carisma. Meryl Streep posee tal capacidad histriónica que logra un extraño fenómeno. Su rostro se desvanece en favor del de la Thatcher, pero esa Thatcher, cuyo hierro exudaba óxido de insensibilidad, adquiere incluso reverberaciones de belleza física. La Thatcher real, por más que ahora deambule sin autoreconocerse, nada tiene que ver con la ThatcherStreep que podría aspirar a un nuevo Óscar. Su encarnación resulta extraordinaria y si el guión de Abi Morgan hubiera jugado a fondo sus bazas, la de la mostrar el desgarro del tiempo y la mordedura del cáncer del poder, tal vez hablaríamos de una inquietante y modélica película. Pero ya se ha dicho. Lloyd no parecía ser la persona indicada para, después de bailotear con Mamma mía, diseccionar las entrañas de uno de los más complejos monstruos políticos del último tercio del siglo XX, aunque sea Meryl Streep quien le preste su carne y su talento.

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