LA CHISPA DE LA VIDA

Cocacola light y sin cafeína
Título Original: LA CHISPA DE LA VIDA Dirección: Álex de la Iglesia Guión: Randy Feldman Intérpretes: José Mota, Salma Hayek, Blanca Portillo, Juan Luis Galiardo, Fernando Tejero, Manuel Tallafé y Santiago Segura Nacionalidad: España. 2011 Duración: 98 minutos ESTRENO: Enero 2012
Como la comunidad murciana ha puesto dinero, La chispa de la vida se llena con logotipos de la tierra de dinamita, como la llamaba Miguel Hernández. Bomberos, ambulancias, policías… todos se unen a una celebración dislocada del “viva Cartagena, porque nos subvenciona”. Produce Vicente Gómez, un mercader de dudosa coherencia y turbulentos resultados cuyo libro de estilo encierra el secreto del inevitable ocaso del cine español de los últimos veinte años. Dirige Alex de la Iglesia, sin duda el director español más dotado para olfatear buenas historias y pergeñar magníficas secuencias. Por desgracia, es también el autor que peor administra su propio talento. Casi siempre los resultados quedan muy por debajo de las promesas inherentes en la idea de partida. La chispa de la vida no figurará entre sus mejores trabajos. Tal vez sea la más confusa y menos personal de las creaciones de un profesional que lleva un par de años comportándose como si estuviera acorralado.
Acorralado está también el protagonista de La chispa de la vida, un publicista que al inicio de su trayectoria alumbró una feliz ocurrencia y que, en el presente de la España de la crisis, se sabe en la espiral del desagüe, a punto de ser engullido por el vacío más absoluto. Alex de la Iglesia siempre ha sentido compasión por estos antihéroes ridículos, ciudadanos comunes con la tensión arterial a punto de infarto por culpa de la insatisfacción: sexual, personal y/o afectiva… Una vez más, lo mejor de Alex de la Iglesia se inscribe en su pretexto argumental. En esta ocasión, tras la solemne e irregular crónica de Balada triste de trompeta, su cine retrata la angustia de un ciudadano agobiado por la falta de dinero. Pasan las décadas, se van los siglos y en España siempre se proyecta el mediocre sueño con el que suspiraba el pícaro protagonista de El Lazarillo: comer caliente y trabajar poco.
El filme fija su norte en el abismo por el que últimamente se despeñan muchos directores españoles jóvenes y viejos. Armado con la herencia de Berlanga y el relicario de Azcona; o sea la exaltación de la historia/histeria coral en clave tragicómica, Alex es menos Alex que nunca.Todo aquí es obvio, sin gracia. Una ceremonia confusa llena de invitados, pero incapaz de encontrar una chispa.

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