BI ANAI

La insoportable carga de la fraternidad
Título Original: BI ANAI Dirección y guión: Imanol Rayo Fotografía: Javier Aguirre Intérpretes: Bingen Elortza, Aitor Coterón, Kandido Uranga, Loreto Mauleon y Oihan Lopetegi Nacionalidad: España. 2011 Duración: 104 minutos ESTRENO: Noviembre 2011
En Bi anai el fuera de campo y la elipsis, o sea lo que no se ve y lo que no se verbaliza, imponen un peso, una presencia real, más relevante que aquello que se dice y que se representa. Dicho de otro modo, Imanol Rayo, su director y guionista, le concede al espectador el extraño privilegio de rehacer su película porque él, a su vez, eso es lo que ha hecho con el relato de Bernardo Atxaga. Reinventar. Recontar desde unos parámetros diferentes a los del narrador literario la historia de dos hermanos enraizados en un paisaje y un paisanaje reconocible, extraño y amenazador.
En los años 80, las campanas mediáticas repicaron jubilosas por el nacimiento del cine vasco. Una emergencia que se deshizo sin dejar demasiada huella. Y ahora, que un puñado de cineastas, con Rayo en primera línea, convocan propuestas audiovisuales en las que su pertenencia a una geografía, a una cultura y a una lengua resultan relevantes, todo parece acontecer en medio de un desangelado silencio. Ese silencio negó a Bi Anai la oportunidad de competir en el Zinemaldia donostiarra en la sección oficial. Visto lo que allí hubo, cabe pensar que, de haberlo hecho, Bi Anai no se hubiera ido con las manos vacías.
Vaya por delante que estamos ante un cine que no cede ni un palmo a la concesión comercial. Cine de bordes rugosos y de entrañas oscuras que deja al espectador sumido en el espacio de la interrogación. ¿Qué ha pasado realmente? ¿Que ha ocurrido allí donde la voz que relata, calla? ¿Cuáles han sido las motivaciones y porqué ha procedido cada uno de los personajes como lo ha hecho
>Preguntas y más preguntas. Y de vez en cuando, el ciclo de la vida a modo de naturalezas muertas. La presencia de lo alegórico. Y los símbolos, y las iconografías y los cuentos del señor cura que no cesan en un tiempo sin reloj y en una geografía sin mugas. Ante ese universo hay quienes manifiestan asombro porque creen que Imanol Rayo, con apenas 27 años, dirige con la convicción de un autor de 70. Tienen razón en una cosa. Hacer Bi Anai como Rayo lo filma, solo se puede asumir desde el valor de quien no ha probado la tentación del mercado o desde la sabiduría de quien esa ceremonia de la ambición no le importa nada. Ojalá Rayo sepa sumar ambas
Hay que resaltar que al director debutante le ha ayudado notablemente la actitud de libertad y confianza de un escritor que hace años que dejó la juventud pero que se empeña en crear fantasías. Gracias a Bernardo Atxaga, un cuentacuentos extraordinario que dona sus ideas-relato con una generosidad extrema, Rayo ha podido hacer lo que ha hecho con Bi Anai. Y lo que ha hecho no es sino traicionar la literatura para alumbrar el cine. El único camino posible para ello exigía asesinar la voz en off, vehículo emblemático de la escritura literaria, pero que deviene en el cáncer de la escritura audiovisual. Rayo higieniza por completo la historia de dos hermanos azotados por el destino, inmersos en un mundo de rituales para que su terrible relato renazca como carne de celuloide puro, clásico, atemporal. Una estación sin tren, unos hijos sin padre, un ciclo vital de deseos corporales y deberes fraternos y, de fondo, ecos de versículos bíblicos sujetos a desenlaces fatales. Desde el primer plano del inicio, el espectador es prevenido. No habrá piedad para los blandos. Rayo no se tuerce ni un milímetro del camino de su decisión. Todo está contenido. Los actores se mueven en esa línea de sombra que aproxima el hacer de Straub con el estar de Bresson. Y con ese alejamiento de toda simulación de la verdad, se regatea la impostura. Y sin cartón piedra, aflora el cine que no se agota.

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