INTRUDERS

La pesadilla perpetua
Título Original: INTRUDERS Dirección: Juan Carlos Fresnadillo Intérpretes: Clive Owen, Carice Van Houten, Daniel Brühl, Pilar López de Ayala, Ella Purnell, Izán Corchero, Kerry Foxy Héctor Alterio Nacionalidad: España, EE.UU. y Gran Bretaña. 2011 Duración: 100 minutos ESTRENO: Octubre 2011

Todo en Intruders adquiere el barniz del cine norteamericano. ¿Todo? No todo. Porque su principal responsable, Juan Carlos Fresnadillo, nació en Tenerife donde rodó su primer largometraje, Intacto (2001), con el que consiguió ganar el Goya al mejor director novel. Aquella película trataba sobre la suerte entendida como un estigma maldito que llevaba a los ungidos por su capricho a acometer insensatos juegos letales. En el fondo, lo que en Intacto se apostaba era el inquietante misterio de la vida y el temor ante la muerte. En la forma, eso es lo que en Intruders se sigue tratando.
u vigor narrativo y su voluntad de no incurrir en ese formato de cine doméstico y domesticado hizo que Fresnadillo no quisiera conformarse con lo sensato posible. Desde entonces, cada apuesta ha subido de tono conforme sus producciones lo hacían con el presupuesto. Eso significa en el negocio del cine una certeza: a más ambición, menos libertad. Y la que marca los límites de Intruders exige un formato académico que Fresnadillo ha (re)equilibrado con la mirada puesta en M. Night Shyamalan, un cineasta de origen hindú, criado y formado en Filadelfia y autor de El sexo sentido y La joven del agua entre otros títulos.
Por decirlo de manera más explícita: Fresnadillo asume las lecciones de Hitchcock, y pretende abrochar autoría con éxito de público; interés de la crítica con el fervor del público.No es mal modelo, pero presenta muchos escollos. Entre otros, el de acabar enterrado por el recuerdo de sus precedentes. Por eso, para evitar una asociación demasiado fácil, Fresnadillo se toma muchas molestias para ser original. Entre los aciertos: su deseo de evitar el susto obvio. Entre sus virtudes: un acabado técnico preciso y brillante. El problema: las grietas de su guión. Fisuras que se revelan cuando el espectador vigila el terreno. Un territorio dialéctico surcado por un fantasma que aparece a dos personajes separados por una distancia de límites tramposamente imprecisos. En esa cartografía que desea ser singular, Fresnadillo arriesga y pierde la solidez del filme por la necesidad de ser serio como cineasta y ante la incapacidad de trascender más allá del truco final del guión. Un guión donde reina la coartada de culpabilidades infantiles irresueltas por el silencio y la represión.

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