ARRIETY Y EL MUNDO DE LOS DIMINUTOS

Miyazaki sin Miyazaki
Título Original: KARIGURASHI NO ARRIETTY Dirección: Hiromasa Yonebayashi Guión: Hayao Miyazaki y Keiko Niwa; basado en la novela de Mary Norton Fotografía: Atsushi Okui Música: Cécile Corbel Nacionalidad: Japón 2011 Duración: 94 minutos ESTRENO: Septiembre 2011

Hayao Miyazaki responde fielmente al modelo de mangaka. Como hizo Osamu Tezuka, él apenas descansa. Su actividad es febril, su ocio inexistente; su familia y su vida: Ghibli, el mítico estudio que junto a Takahata fundó hace 25 años y en donde nacieron personajes fascinantes como Mononoke, Nausica, Totoro, Chihiro,… Convertido en el director de anime más prestigiado internacionalmente, tras esa máscara de éxito y detrás de sus brillantes películas, habita un cineasta cansado que hace 18 años anuncia su retirada. Todo se agravó a partir de 1995, cuando Yoshifumi Kondo rodó Susurros del corazón. Uno de los mejores filmes salidos de Ghibli. Kondo, era el heredero natural del imperio fundado por Miyazaki y Takahata, pero murió fulminantemente, exhausto, de puro agotamiento. Desde entonces, Miyazaki huye de la muerte y, pese a su anunciada jubilación, sigue sosteniendo en pie no una productora sino un universo, una forma de entender el arte de dibujar historias.
Ese estilo es el que se respira en Arrietty, un filme dirigido por Yonebayashi, uno de los legionarios Ghibli que lleva en la factoría desde los tiempos de Mononoke. Al contrario de lo que hizo su hijo natural, Gonzo Miyazaki, en la descolorida y simplista Cuentos de Terramar, Yonebayashi combina talento con fidelidad. Basado en un relato de Mary Norton guionizado por Miyazaki, se aplica la vieja fórmula de Heidi de acudir a la narrativa europea. Aquí se diría que las andanzas de estos diminutos, una variante del Gulliver en el país de los gigantes, teje con precisión pero sin las altas cotas de emoción, los restos de anteriores títulos de Miyazaki. Hay constantes narrativas que se repiten e incluso hay personajes que se dirían han salido de la misma galería. Eso provoca una sensación de déjà vu algo desconcertante. Nada grave para un filme intenso que esconde lo mejor de sí mismo no en la aparente dulzura con la que algunos despachan el hacer de Miyazaki, sino en la inquietante capacidad de recuperar la perturbadora incursión en el mal. En esos momentos aterradores se estremece lo más profundo de Miyazaki. De ahí que Yonebayashi aparezca como la promesa de que Ghibli permanecerá aunque Miyazaki ya no dirija.

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