127 HORAS

Los peligros de la soledad

Título Original: 127 HOURS Dirección: Danny Boyle Guion: Danny Boyle y Simon Beaufoy; basado en “Between a rock and a hard place”, de Aron Ralston Intérpretes: James Franco, Amber Tamblyn, Kate Mara, Clémence Poésy, Kate Burton y Lizzy Caplan Nacionalidad: EE.UU. 2010 Duración: 96 minutos ESTRENO: Febrero 2011

Danny Boyle practica un cine grandilocuente, excesivo, tramposo. A veces, cuando se apoya en el género, 28 días después, toda esa trompetería estridente resuena con convicción al servicio del guiño y el vacío. Hace un par de años filmó uno de esos bombazos taquilleros que seducen a públicos de medio mundo a fuerza de masajeo emocional: Slumdog Millionaire. Un filme contrahecho, mezcla entre su hacer ruido en Trainspotting y un no hallar al verdadero núcleo de lo que debe ser contado. Con aquella jaleada e irregular película, de la que desapareció su codirectora cuando comenzó a dar mucho dinero, le llegó a Boyle la llave del éxito. Ese éxito al que, desde su primer largometraje, persigue sin disimulo y por encima de todo este director tan poco riguroso.En 127 horas, el relato de Aron Ralston, un excursionista que tuvo un cruel accidente, no hay misterio alguno: casi todos los espectadores saben qué van a ver.
Ese saber, reduce la materia fílmica a una burda cuenta atrás, a una espera sin suspense ni emoción que sólo se mantiene en pie por la curiosidad y el morbo. ¿Cómo saldrá Aron de esa trampa y como dejará en ella un caro tributo? Esas preguntas no son cuestión de este artículo. Lo que aquí interesa es responder a cómo sale el espectador tras ver 127 horas. Y la respuesta es unívoca: agotado. Harto de aguantar la falta de recursos de un Boyle que acomete su tarea sin nada que decir y sin saber cómo disimularlo. Parece que, tras el vendaval de los fuegos de artificio de la posmodernidad cinematográfica, entramos en un neomanierismo. Un edulcoramiento de la deconstrucción.
Aquí apenas hay una situación, una secuencia que Boyle filma con precisión en medio de los impresionantes parajes de Utah. Eso que se muestra en diez minutos, gira y gira sin estilo, sin contención, sin equilibrio. James Franco, su protagonista -junto al paisaje-, sostiene un personaje del que, tras más de cinco días de seguirle segundo a segundo, se intuye que hubiera sido un concursante ideal en esos lamentables ensayos sádicos de los reality shows televisivos. Sólo que Boyle se inmola al hacer este Gran Hermano con un único concursante: un homenaje al onanismo.

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