DE DIOSES Y HOMBRES

Místicos de la contemporaneidad Título Original: DES HOMMES ET DES DIEUX Dirección: Xavier Beauvois Guión: Xavier Beauvois y Etienne Comar Intérpretes: Lambert Wilson, Jacques Herlin, Philippe Laudenbach, Michael Lonsdale y Xavier Maly Nacionalidad: Francia. 2010 Duración: 120 minutos ESTRENO: Enero 2011

Hay en el último tercio de esta película ensimismada y grave, poética y conmovedora, una secuencia nuclear, decisiva. En ella, con la música de El lago de los cisnes de fondo, Xavier Beauvois, un cineasta seguro de sí mismo y portador de la arrogancia de la nouvelle vague, escenifica un pentecostés sacrifical, el momento decisivo, el instante del milagro por el que un grupo de hombres acobardados se sienten ungidos por la gracia de una decisión divina. Beauvois lo filma con delectación barroca, con primeros planos arrancados de las crucifixiones de Caravaggio y con lágrimas cinceladas al estilo de los éxtasis de Bernini. El efecto resulta brutal. Imposible no sentirse atravesado por la conmoción que portan nueve hombres decididos a morir por (casi) nada. Si al oficio sobrio, contenido, inteligente de Beauvois se le une el arte interpretativo de un reparto con encarnaciones extraordinarias, se comprende que De dioses y hombres triunfara en Cannes y cautive ahora en su estreno comercial.
Pero volvamos a la secuencia. Sobre esa decisión cuyo misterio se verbaliza con la armónica sincronía de la música y cuya disposición espacial adquiere el significado de una última cena, Beauvois vierte las señas de identidad de lo quiere ser y no es su película. Inspirada en la matanza de un grupo de monjes católicos en el corazón de la Argelia musulmana en plena eclosión de violencia del llamado GIA (Grupo Islámico Armado), De dioses y hombres nada quiere saber del cine político de Costa Gravas, ni del empeño reparador de Bertrand Tavernier ni de las proclamas izquierdistas de Ken Loach. Su reino pretende ser el de Dreyer y Bresson, el de Bergman y Mizoguchi y hacia allí se encamina.
En consecuencia Beauvois rinde a la verdad histórica las líneas esenciales de la noticia, esa verdad aparente de lo que se supone aconteció en la criminal matanza. Pero sin reparar en detalles de Estado, sin penetrar en cuestiones sociológicas. En todo caso se ha apuntado que la duda acerca de si el crimen lo cometió el GIA o fue el propio gobierno emerge en ese plano ambiguo y amenazador de un helicóptero presidiendo como un fatídico Espíritu Santo el recinto donde los monjes están viviendo su especial transformación.
Ambientada en los años 90, en realidad la historia podía ser representada en cualquier tiempo, en cualquier lugar. Porque lo que a efectos del relato interesa transcurre en los pliegues interiores de una comunidad religiosa con vocación de mártir. No tanto porque asuma la llamada de la muerte, sino porque tal y como Beauvois lo filma, su labor evangelizadora ha perdido su misión proselitista. En medio de una realidad musulmana, el monasterio creado en tiempos coloniales, permanece como una huella arqueológica tan útil -ayudan a los vecinos, les curan y les atienden-, como inoperativa y simbólica en un mundo ecuménico donde en nombre de Dios se ama y se mata.
Esos nueve monjes cistercienses representan una bondad de santoral y esa es la cuestión fundamental que preocupa al filme de Beauvois: ¿qué lleva a asumir un sacrificio tan desmesurado? En su galería de retratos, Beauvois no ha podido evitar contagiarse por el exceso poético de lo que representa. Sus personajes devienen más en iconos divinizados que en hombres de carne y hueso. Su generosidad les precede aunque esa actitud, por idealizada, provoque una serie de preguntas que tras contemplar el filme se imponen con desasosiego. Con ese lastre Beauvois se asoma al abismo del presente con una mirada que elude lo inmediato para cuestionar lo esencial: ¿es posible/necesaria/útil la religiosidad mística en tiempos de virtualidad mítica?

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