BIUTIFUL

Con la muerte a cuestas

Título Original: BIUTIFUL Dirección: Alejandro G. Iñárritu Intérpretes: Javier Bardem, Maricel Álvarez, Eduard Fernández, Diaryatou Daff, Cheng Tai Shen y Luo Jin Nacionalidad: México, España. 2010 Duración: 148 minutos ESTRENO: Diciembre 2010

El mayor handicap al que se enfrenta González Iñárritu lo tiene enfrente cada vez que se mira en un espejo. Y aunque sea obligado ante la presencia de Biutiful, recordar que se trata del primer largometraje que el director mexicano rueda sin la complicidad del hasta hace poco su guionista inseparable, Guillermo Arriaga; la cuestión decisiva no es esa ausencia, sino su propia presencia. Una presencia asfixiante, autoral, megalómana. Se diría que el problema de Iñárritu reside en su innegable talento, en su facilidad para rodar brillantes secuencias y en su apabullante conocimiento del medio cinematográfico y sus posibilidades expresivas. Paradójicamente la arrogancia que desprende el personaje que Iñárritu se ha creado resulta tan desmesurada como evidente es la desconfianza que supura este filme hiperbólico, desnortado e incluso amanerado. Hay cineastas limitados que con una prosa pobre y con escasos recursos alumbran películas inolvidables porque poseen una idea clara y una sinceridad desarmante. Iñárritu, no. Iñárritu apabulla, despliega tantos medios y barroquiza tanto sus relatos que termina por acabar maniatado ante la sobreabundancia de hilos narrativos.
Desde su comienzo, Amores perros, tres historias entrecruzadas con el vértice común de un accidente de tráfico, hasta Babel, un periplo empeñado en coser al mundo en un pañuelo, el cine de Iñárritu ha sabido de la acumulación con una progresiva e irrefrenable querencia por subirse al púlpito. En Biutiful no es que quiera subirse, es que vive allá arriba para, desde las alturas, soltar un sermón apocalíptico y desconcertante.
Si hemos de creer lo que Iñárritu cuenta sobre Biutiful, el origen estriba en una composición de Ravel, que se escucha en el filme, y en el rostro de Javier Bardem, un actor especializado en encarnar canallas que parecen buenos. Hay un tercer factor, Barcelona, las cloacas y sus no habitantes. Es decir, Barcelona como microcosmos y como representación del mundo actual donde los prófugos del tercer mundo viven un particular infierno en el núcleo mismo del ¿paraíso?Para concretar ese fresco contemporáneo y globalizante, Iñárritu se sirve de un personaje mesiánico, interpretado por Bardem, sobre el que se ciernen todas las desgracias, todos los infortunios.
En algún modo, el personaje de Bardem, como el de Uncle Boonmee de Apichatpong Weerasethakul, tiene las horas contadas y sabe de los fantasmas y los muertos. Pero, lejos de la desnudez poética de Apichatpong, por razones inexplicadas, Iñárritu obliga a Bardem a alimentar a su personaje con tics prestados del Corleone de Marlon Brando. Por ello, Bardem no habla, musita; no vocaliza, susurra; no grita, simplemente gime. No por una razón concreta, sino para ¿solemnizar? un personaje cuya miserable vivienda resulta incompatible con las rayas de coca y prostitutas de lujo de su hermano, quien por razones también inexplicadas, (man)tiene una relación delirante con su cuñada alcohólica y bipolar, la madre de los hijos del personaje de Bardem.
Todo esto es convocado para ilustrar la agonía de un hombre que se gana unos euros escuchando las últimas voluntades de los muertos, que trafica con la miseria de los inmigrantes y que arrastra el dolor de ser huérfano. Como los dibujantes sin ángel, Iñárritu llena de líneas y correcciones el boceto de su (auto)retrato. Cuantos más detalles vierte, menos verdad roza. Y por más que a Bardem se le premiase en Cannes, su personaje resulta intrínsecamente falso. No por su culpa, sino por el miedo de Iñárritu a enfrentarse a lo esencial y por esa ambición de querer parecer el gran autor que podría ser si no quisiera demostrarlo.

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