LAS VIDAS POSIBLES DE MR. NOBODY

El “breve encuentro” de la posmodernidad

Título Original: MR. NOBODY Dirección y guión: Jaco Van Dormael Intérpretes: Jared Leto, Sarah Polley , Linh Dan Pham, Diane Kruger, Rhys Ifans y Natasha Little Nacionalidad: Francia, Canadá, Alemania y Bélgica. 2009 Duración: 136 minutos ESTRENO: Julio 2010

Jaco Van Dormael, director de Mr. Nobody, extiende una cortina de humo que promete complejidad pero sólo consigue convocar una acumulación confusa de ecos reconocibles. Su película posee la naturaleza de un espejismo que saquea la biblioteca de Eduard Punset y que (re)toma un puñado de paradojas de la ciencia ficción cinematográfica de los últimos años. Son reflexiones científicas tomadas en vano porque lo que realmente le interesa al autor de Toto le héros (1991) (pro)viene de las ruinas del viejo romanticismo radical. Y es que Mr. Nobody, como el Juan Nadie de Capra, crece sobre un imaginario ideal. El ideal del amor sin fin recreado bajo el artificio de trenzar en un mismo plano la vida real con las vidas hipotéticas. De ahí que lo más discutible de Mr. Nobody resida en ese cortocircuito que provoca descubrir su impostura argumental. ¿Por qué Van Dormael echa mano de esa mentira? ¿Por qué se disfraza de futuro para hablar del último hombre vivo no sometido a manipulaciones genéticas cuando anhela rescatar el ideal del amor romántico que des/apareció para siempre tras el horror de Auschwitz y la muerte de dios? No me atrevería a adelantar una respuesta, pero la razón de ese proceder puede hallarse en su escasa pero vibrante filmografía. De hecho, ya hizo algo parecido cuando utilizó el Mépris de Jean-Luc Godard como chaleco salvavidas en su celebrada ópera prima; la citada Toto le héros. Entonces como ahora, Van Dormael jugaba con el tiempo, retorcía el calendario y partía de una mirada envejecida. Una vidriosa mirada para adornar un pasado dorado, para reinventar una memoria ¿autobiográfica? Al menos, deseada. Y allí, como ahora en su tercera película, se abre el juego de las conjeturas, la incertidumbre hiperbólica de imaginar qué hubiera pasado si aquel día en lugar de tomar una decisión se hubiese escogido la contraria. Nobody es un matusalén de risa siniestra y cabeza agrietada; una especie de guardián de la cripta de Creepy cuyos últimos estertores son televisados al estilo de El show de Truman para la curiosidad de una humanidad deshumanizada por la manipulación genética. Van Dormael echa mano a tantos recursos, mezcla tantos ingredientes por otra parte ya formulados en otras películas, que su barroca historia sólo evidencia un mérito extraordinario: la desbordante energía puesta de relieve en un montaje de orfebrería que agota por reiterativo y que fascina por su generosidad.
Demasiados engranajes para un reloj que no marca bien la hora. Por eso, cuando en esa zona profunda de su trama, allí donde respira el verdadero motor y el sentido último del filme, emerge la idea del Breve encuentro que en 1945 dirigió David Lean con actuaciones memorables de Celia Johnson y Trevor Howard zarandeados emocionalmente por el Concierto nº 2 de Rachmaninov, Mr. Nobody se desmorona.
Van Dormael retorna a su origen, a su obra iniciática, esa que palideció ante otra película de aromas semejantes: Leólo de Lauzon. A Van Dormael le sucede como a algunos deportistas segundones, que siendo buenos, no son los mejores. Mr. Nobody trata de demostrar lo contrario y en lugar de hacerlo por la vía de lo esencial, por el enfrentamiento a la verdadera naturaleza narrativa que Van Dormael posee, lo hace por la solemnidad, por un manierismo que sacrifica emoción para (re)citar frases robadas. No obstante hay tanto esfuerzo y algunas presencias actorales tan brillantes que, pese a todo, Mr. Nobody justifica su disfrute aunque éste lleve implícito la sensación agridulce de comprobar que quien mucho abarca aprieta sin fuerza alguna.

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