LA ISLA INTERIOR

Herencias y maldicionesTítulo Original: LA ISLA INTERIOR Dirección y guión: Dunia Ayaso y Félix Sabroso Intérpretes: Candela Peña, Alberto San Juan, Cristina Marcos, Geraldine Chaplin, Celso Bugallo, Antonio de la Torre y Emi Cazorla Nacionalidad: España. 2009 Duración: 93 minutos ESTRENO: Abril 2010

A primera vista parecería misión imposible establecer un mínimo común denominador entre este filme y Perdona bonita, pero Lucas me quería a mí (1997). Y es que, quince años después de su debut, Fea (1994), la trayectoria seguida por Dunia Ayaso y Félix Sabroso desconcierta por su transformación. Se diría que estos realizadores canarios han pasado del carnaval almodovariano forjado a golpe de nervios, frivolidad y vodevil, a la gravedad circunspecta, fría y casi minimalista del Rebollo de La mujer sin piano. Por ello llueve sobre La isla interior un comentario unánime, el de la sorpresa ante la mutación de sus autores. Y sin embargo, en esta Isla permanecen indelebles las verdaderas señas de identidad del “no estilo” de Ayaso y Sabroso: el exceso, la pasión y el vacío.
En contra de la hipotética templanza de la idiosincrasia canaria, Ayaso y Sabroso se empeñan en dinamitar todos los tópicos. El suyo es un cine extremo, capaz de reinventarse en cada nuevo reto y, lo que es más notable, capaz de crecer en contra de los prejuicios. La isla interior, rodada en el origen natal de tan peculiar pareja de cineastas, habla precisamente de la herencia genética, de la sombra del padre, del peso de la biología y del frágil escaparate de las apariencias. La isla interior se sostiene como un barco encallado en aguas muertas. Hay escaso futuro para una familia clavada a una enfermedad terrible, la esquizofrenia. Hay demasiados rotos en un frágil equilibrio de imposturas que reclaman lo mismo que reclamaban los dislocados protagonistas de Perdona bonita… y las de Los años desnudos. Necesitan amor y sólo reciben, si es que lo encuentran, sexo. Sueñan con volar, pero siempre despiertan con fango en los ojos.
Con disciplina y romanticismo, Ayaso y Sabroso dirigen a sus personajes con las riendas tensas y el gesto largo. Con él transforman el desparpajo colorista del cine de sal gruesa en un discurso tenso, geométrico, riguroso y singular. El oscuro horizonte de sus personajes se pinta de azul y negro. Sus intérpretes, precisos, excesivos, rozan el ensimismamiento de los abstraídos. El aire escasea y el texto fílmico gana en densidad. El filme parece noble y sus autores recuperan un viejo proceder: uno se hace cineasta haciendo cine, en el camino.

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