EL CONCIERTO

Los chicos del Bolshoi
Título Original: Le concert Dirección: Radu Mihaileanu Guión: Radu Mihaileanu Intérpretes: Alexei Guskov, Mélanie Laurent, Dimitri Nazarov, Valeri Barinov y Miou-Miou Nacionalidad: Francia, Italia, Rumanía y Bélgica. 2009 Duración: 119 minutos ESTRENO: Marzo 2010

De los muchos referentes que vienen a la cabeza mientras se asiste a El concierto, dos éxitos recientes marcan esa línea divisoria que nos aguarda en su interior. Durante la primera parte, cuando el filme acontece en Rusia, el tono sabe a Good Bye, Lenin! Luego, cuando el partido se juega en París y la música se impone, el referente hay que buscarlo en el hacer de Los chicos del coro. O sea, El concierto se ha fabricado para gustar, para llegar a muchos espectadores y para entonar una crítica fácil y bienpensante de la que se salvan incluso los más fanáticos comunistas fieles al recuerdo de Brezhnev. Sólo los nuevos ricos de la URSS y los viejos intelectuales de París son caricaturizados con rasgos menos amables. El resto, mazapán con anís servido con ese toque de calidad que se le presupone a todo aquello que tenga a Tchaikovski y su música como pretexto y vehículo narrativo. En pocas palabras, El concierto crece sobre la hipótesis de un engaño, un enredo montado en torno a un deseo, reunir una orquesta reprimida durante los años de plomo de la URSS para, tres décadas después, sin ensayo alguno, dar ese concierto que nunca pudieron interpretar y hacerlo en la zona nuclear del París más melómano y burgués.

Algo del propio periplo del guionista y director, el rumano Radu Mihaileanu, se proyecta en este universo que mezcla la comedia con el musical, el tono paródico con el melodrama y la revisión del pasado con el jolgorio del presente. Autor de la multipremiada Vete y vive (2005), un filme positivo sobre el éxodo a Israel de un niño etíope cristiano, en El concierto, Mihaileanu baila en ese balancín entre el drama y la sonrisa. Lo mejor de su filme hay que buscarlo en ese justo punto entre la comedia coral y el drama íntimo, entre la orquesta entendida como radiografía de un colectivo y sus cabezas visibles: el director y el primer violín. Gitanos, judíos, rusos y franceses son delineados con fidelidad al tópico, con subrayado folklórico y con condescendencia al humor y al amor… todo vale para que todo desemboque en ese concierto donde la emoción se sublima y la música embellece todo. Se trata de ese toque de neurosis que Schonberg observara en la música de Tchaikovski, ese deseo infantil reprimido que aquí se libera provocando un extraño gozo.

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