CORAZÓN REBELDE

Bridges, sólo Jeff Bridges y poco más

Título Original: CRAZY HEART Dirección: Scott Cooper Guión: Scott Cooper; basado en la novela de Thomas Cobb Intérpretes: Jeff Bridges, Maggie Gyllenhaal, Robert Duvall, Tom Bower y James Keane Nacionalidad: EE.UU. 2009 Duración: 113 minutos ESTRENO: Marzo 2010
En 1971, Jeff Bridges ya se había ganado el derecho a competir por el Oscar. Nominado como mejor actor de reparto por su hacer en La última película de Peter Bogdanovich, el excelente actor nacido en 1949 en Los Angeles ha tardado casi cuarenta años en conseguir lo que merece por derecho propio. A estas alturas, nadie discutirá que pensar en Jeff Bridges no es sino convocar personajes inolvidables y actuaciones memorables. Y sin embargo, su reciente Oscar por Corazón rebelde se antoja más un ejercicio de reparación histórica que un reconocimiento a las virtudes de un filme que se mueve en ese territorio previsible, en el que se hace evidente que falta tensión en su historia y audacia en la dirección.
Si Todd Haynes aplicaba a la biografía de Bob Dylan en I’m Not There una mirada policroma para potenciar lo que acababa siendo una poliédrica radiografía de complejo alcance, Cooper se ajusta al temario canónico y monocromo de la voz singular. Por eso mismo este Corazón rebelde no asume lo que su título proclama. Pocas noticias hay acerca de la pasión y la rebeldía; y desde luego nada se rastrea en ella sobre esa locura que preludia su título original.
Escrita, producida y dirigida por Scott Cooper, Corazón rebelde tiene mucho de empeño personal y de deleite en ese universoclaustrofóbico y cerrado del country. Es también la primera película como director de un Cooper que ha hecho casi todo.
Como los primeros acordes que se dejan oír al comienzo, todo en este filme se sabe familiar, cercano, reconocible. Lo dice el propio protagonista, Bad Blake, interpretado por Bridges, “lo malo de las canciones buenas es que no parecen nuevas”. Y ésta es una discutible afirmación que, desde luego, no admite su reverso, es decir, aquello que no parece nuevo necesariamente no es bueno y eso es lo que aquí acontece.
Scott Cooper, actor antes que director, aparece como el maestro de orquesta de un proyecto asumido por y para histriones. Este filme sabe mucho y se debe más al peso del actor. No sólo porque en su producción aparezcan varios de sus protagonistas, sino porque todo en el filme se ajusta a ese modelo ortodoxo que permite el lucimiento interpretativo. A saber: Bad Blake es un cantante veterano, un perdedor que aplaca su derrota a golpe de whisky y canción, un vagabundo artista que va de un lado a otro con una guitarra en una mano y una botella bajo el brazo.
Con ese perfil antiheroico que define a su principal y casi único protagonista, Cooper amaga con adentrarse en un terreno crepuscular, justo a la hora del ocaso. Una suerte de biopic musical al estilo de Tender mercies. De ahí el guiño de esa presencia de Robert Duvall, más testimonial que importante. Lo mismo ocurre con el argumento, que todo en él se reclama artificio, una falsa rehabilitación que estropea más que reconstruye. Porque pese a tener dentro a ese excelente solista que es Bridges, y pese a los buenos compañeros que le secundan, Duvall, Gyllenhaal, Farrell,… la música que aquí surge rara vez emociona y casi nunca interesa de verdad. La causa hay que hallarla en la actitud de Cooper, un cineasta plano y previsible que desperdicia temas, personajes y situaciones que podían haber alimentado un filme notable. Y no es por cuestión de anécdotas, que en el filme abundan, por lo que la película desfallece. Sino por esa actitud de terreno conquistado. Por eso, si ahora Corazón rebelde alardea de que por ella Bridges ha ganado el Oscar, convendrá recordar que lo ganó no por lo que muestra aquí, sino por lo que dio con Coppola, con los Coen, con Cimino, con Bogdanovich, con Gilliam, con Pellington

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