EL PADRASTRO

Un psicópata en la cama de mamá

Título Original: THE STEPFATHER Dirección: Nelson McCormick Guión: J.S. Cardone; basado en el guión de Donald. E. Westlake para “El padrastro” (1987) Intérpretes: Dylan Walsh, Sela Ward, Penn Badgley, Amber Heard y Jon Tenney Nacionalidad: EE.UU. 2009 Duración: 101 minutos ESTRENO: Febrero 2010

Dos detalles ¿irrelevantes? dan noticia de la vuelta de tuerca que separa este filme del que imita, realizado en 1987 por Joseph Ruben (El buen hijo, Durmiendo con su enemigo). Uno surge con las primeras imágenes del personaje del padrastro. Mientras que en el filme de Ruben, su protagonista estaba ensangrentado por la matanza, en ésta aparece pulcro y sólo un pequeño corte al afeitarse pone en su barbilla una gota de sangre que se impone como un eco endogámico de la masacre que acaba de perpetrar. De ese modo, la primera sangre que aparece es la del verdugo, no la de las víctimas. El otro detalle, más decisivo, afecta al contexto y fundamentalmente implica algunos cambios sustanciales como el número de miembros de la nueva familia, su situación divorcio en lugar de viudedad y el sexo del principal rival y antagonista de este padrastro mezcla del asesino Henry y de Hannibal, el caníbal.
Así como en el filme original, era una joven adolescente la que se enfrentaba al padrastro en una relación turbia cercana al incesto, en la nueva versión todo crece en hábil perversión: más mojigata, muestra menos, excita más. Esta ingeniosa relectura del texto original la desaprovecha Nelson McCormick a partir de su último tercio, el que corresponde al estoque, al degüello y a la sangría. Hasta entonces, esta nueva versión de El padrastro sobrevive echando mano de su legión de reclutas surgidos del mundo de las series televisivas. Incluso la contextualización en el tiempo presente, donde los teléfonos móviles dan más juego que los cigarrillos en las películas de Bogart, forja secuencias sólidas, inquietantes y hasta bien filmadas. Pero ahí acaba todo, porque todo carece de una mirada propia. Si la obra original se adentraba en el universo del american gothic deleitándose en la figura del psicópata, aquí se consagra al imperativo de la franquicia. No se trata sólo del remake de un filme de éxito, sino de la recuperación de toda una saga. Ante panorama tan mercantil, al espectador con memoria sólo le queda adentrarse en el juego de las diferencias sociológicas para deducir que la degeneración mental del terror teenager aumenta. El espectador bisoño se enfrentará sin ayuda alguna a esta fábula moralista contra el divorcio, el sexo y la rebeldía. Dura prueba.

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