ENEMIGOS PÚBLICOS

Pasión y muerte de John Dillinger

Título Original: PUBLIC ENEMIES Dirección: Michael Mann Intérpretes: Johnny Depp, Christian Bale, Marion Cotillard, Giovanni Ribisi, Billy Crudup, Stephen Dorff y Stephen Lang Nacionalidad: EE.UU. 2009 Duración: 140 minutos ESTRENO: Agosto 09

Si algún cineasta puede aspirar a recoger el testigo de Clint Eastwood ese será Michael Mann. De hecho, películas como Enemigos públicos confirman que Mann es el gran clásico del cine del siglo XXI tal y como se entiende en Hollywood. Hijo de un emigrante ruso que combatió bajo bandera americana en la Segunda Guerra Mundial, Mann, a sus 66 años, aparece como un autor maduro, un cineasta de género que no trata de demostrar nada que no haya enseñado. Su universo, como el de Eastwood, descansa en el cultivo de francotiradores inmersos en un mundo masculino, zarandeado por la violencia y dignificado por el honor y el sacrificio.
Se suele olvidar que Mann fue el primero en llevar al cine las aventuras de Hannibal Lecter pero todos recuerdan que Mann se hizo cineasta al frente de Miami Vice, cuando las series, incluso las mejores como ella, carecían del respeto que ahora se les regala al mínimo indicio. Tal vez por eso, por pertenecer a una generación eclipsada por el peterpanismo de Spielberg y Lucas, Mann ha forjado su trayectoria desde un curioso extrarradio. A diferencia del autor de E.T. y a años luz del creador de Star Wars, el cine de Mann no bebe de un posmodernismo de cita de empollón, sino del que nace desde el delirio y la pasión. Si aspira al trono de Clint Eastwood es porque, como el autor de Sin perdón, Mann entiende el cine al estilo de Sergio Leone, como Sam Peckinpah y como el mismísimo John Ford. En ese tronco nutricio se encuentran las claves del cine que tan generosamente discurre en Enemigos públicos.
Mann abre este filme, que tiene algunos precedentes de alta densidad y largo recuerdo, con las cartas boca arriba. Como la historia de Dillinger es tan conocida como la de Jesucristo, acude a los evangelios. Su filme recrea la historia de un crimen anunciado, un sacrificio consentido y una traición adivinada, que se adorna con gestos bíblicos. O sea, dos horas llenas de momentos irreprochables, precisos, solemnes.
En apenas diez minutos el espectador ya sabe lo que le espera. Mann, primero presenta a la víctima: John Dillinger. Un asaltante de bancos al que Depp le confiere un toque romántico más propio de Robin Hood que de Al Capone.
Aquí se impone la vieja máxima fordiana, en el Oeste se imprime la leyenda, y en ese Chicago, ciudad natal de Mann, se representa su cara más violenta. Es el tiempo de la gran crisis del 29. Y su Dillinger, pese a su oficio fuera de la ley, se esculpe como una figura con códigos, un outsider provisto de ética en medio de una sociedad en cambio que asesina a delincuentes como él mientras encumbra como hombres respetables a especuladores que dominan la banca, las empresas telefónicas y los más poderosos emporios económicos. Es decir, no se cuenta el pasado sino que se describe el presente.
Como contrapartida a Dillinger, Mann fija su atención en el hombre que deberá acabar con él, presentado como un perro de presa: feroz y letal; servil y oscuro. Con ese juego dialéctico, directo, limpio, Mann levanta un filme que atiende a un principio decisivo: mucha acción y poco diálogo.
Y en ese juego de sugerencia y espectáculo, en medio de esa ceremonia de muerte, el cazador implacable protagonizado por Christian Bale apenas es una sombra sin relieve frente al iluminado por fuera y por dentro Depp-Dillinger. La cámara está con él. A su lado Mann no desaprovecha la ocasión de construir secuencias impactantes y de abrochar atrevidas hipótesis. Todo dentro de ese tono solemne, simbólico, ritual y metonímico que no cuenta la realidad sino que reescribe el mito.

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