EL LUCHADOR

El imperio no paga a los héroes jubilados

Título Original: THE WRESTLER Dirección: Darren Aronofsky Guión: Robert Siegel Intérpretes: Mickey Rourke, Marisa Tomei, Evan Rachel Wood, Mark Margolis, Todd Barry, Ernest Miller y Judah Friedlander Nacionalidad: EE.UU.2008 Duración: 105 minutos ESTRENO: Febrero 09

Saludada como la película que redimió a Darren Aronofsky de su querencia por el delirio, El luchador se comporta como una obra insolente y engañosa, un caramelo amargo que no es sino un caballo de Troya con el que Aronofsky ha intentado colarse en el castillo de Hollywood. Si desplegamos su hilo argumental, es decir, si presentamos lo que se cuenta, quiénes son sus protagonistas y qué pasa con ellos, ciertamente podría confundirse con uno de esos títulos que filma Clint Eastwood en medio de un aplauso enfervorizado. En El luchador Mickey Rourke es un legendario gladiador de wrestling que, sumergido ya en su período crepuscular, sobrevive a su propia leyenda a fuerza de crueldad, sangre y trucos. Tiene una hija con la que no se habla y su mejor amiga es una stripper veterana, con un hijo preadolescente, para quien él es un cliente sin pasado ni porvenir. En ese panorama de desguace, no muy diferente al que se dibujaba en Million Dollar Baby, el autor de The fountain, planea una perversa vuelta de tuerca.
O sea, bajo la máscara de glosador de un antihéroe solitario, la liebre de Aronofsky maúlla con un quejido estremecedor. Entre el primer y el último plano del filme, entre esos 105 minutos que los separan, hay un largo camino. Un periplo que empieza al estilo de los Dardenne de Mi hijo, o sea con la cámara pegada en la nuca del protagonista. Vemos de espaldas, sentado en un rincón, a Randy, The Ram Robinson, antes de entrar en combate. La última imagen corresponde al último vuelo de la leyenda, a un gesto poético y fantástico que nos devuelve al Aronofsky de Requiem por un sueño. Entre medio, un viaje al infierno en la epidermis arada de un sujeto extremo.
El talón de Aquiles, ya que hablábamos de Troya, de El luchador, se encuentra en la debilidad de un guión que no muestra interés alguno por dotar de densidad dramática, de carne y sentido, a los personajes del melodrama que el filme lleva dentro. Ni Siegel en el papel, ni Aronofsky en el celuloide, prestan atención a sus criaturas. Así la hija de Ram y sus reacciones resultan simples y escasamente conmovedoras, y la historia con el personaje de Marisa Tomei balbucea un puñado de arquetipos y lagunas. Es obvio que a Aronofsky no le interesa eso que tanto crédito le da a Eastwood, esa épica de la contención, esos personajes que se inmolan.
Aronofsky prefiere el exceso, el sobresalto, lo radical, lo insólito. Por eso mismo, durante los primeros quince minutos, El luchador nos regala una carnicería. La piel de Rourke deviene en cartografía del dolor. Su personaje es una figura triste que se balancea entre el Cristo de Gibson y el Héctor de Petersen, para finalmente metamorfosearse en una versión rockera de Orlan. Como (en) ella, su cuerpo y sus cicatrices conforman los fonemas de un discurso hundido en una desesperación vital que se sublima en el éxito y el aplauso. The Ram lo ha dado todo por el ¿amor? a un público vociferante y se ha aferrado a una imagen que ya no puede sostener. Aronofsky, que es un cineasta capaz de discursos hondos, se sirve de un guión simple para envenenarlo con ecos de perturbación asegurada. No hay inocencia en esta versión sanguinaria de una nueva Eva al desnudo. No hay casualidad en ese combate final que enfrenta al héroe americano con un Ayatolah de bandera tricolor. Aronofsky ya lo formuló en Requiem por un sueño: cree que América agoniza. En su retrato, condenar a ese último guerrero a trabajar en una charcutería, es algo más que un subrayado grueso. Es poesía grunge de un héroe prisionero de sus pantys y víctima de sus delirio para quien, más allá del ring, no hay futuro.

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