25 KILATES

Un plan demasiado perfecto
Título Original: 25 KILATES Dirección y guión: Patxi Amezcua Intérpretes: Francesc Garrido, Aida Folch, Manuel Morón, Joan Massotkleiner, Héctor Colomé, María Lanau, Marc García, Monserrat Salvador y Carolina Montoya Nacionalidad: España. 2008 Duración: 86 minutos ESTRENO: Mayo 2009

El cine español, cuando se adentra en la negritud del thriller lo hace con tramoya de anticuario, con ropa de viejo y con gesto cansado. Entre la ficción y el realismo siempre se ve arrastrado por lo cotidiano, aunque rara vez esa elección le trasmita c(u)alidades de verdad. Esa es su naturaleza. Entre la acción y la melancolía, se impone la cercanía a los hechos, un roce que tiñe de austeridad incluso los relatos más extremos. Y sin embargo, pese a no contar con una larga relación, al menos no del nivel de la comedia, la calidad media del policíaco español resulta digna y dignificable. En ese sentido, 25 kilates, primer largometraje del realizador navarro Patxi Amezcua, hace honor a este principio. O sea, se trata de un filme riguroso, equilibrado, bien medido y mejor rentabilizado.
Su aparición sin estridencias ni muchos medios, ha disparado los cánticos de las analogías. Es un juego interesante que puede refrescar la memoria del cine español más notable y del que casi nadie habla o al menos no demasiado. Para ubicarlo en el mapa del polar hispano, cabría decir que 25 kilates se aproxima más al primer Borau que al último Yanes, lo que ya sirve para cartografíar el espacio y el tiempo de este filme que logra el objetivo de mantenerse en pie a lo largo de su ditirámbica estructura llamada a cerrarse sobre sí misma.
Como Patxi Amezcua se inició en el oficio escribiendo guiones, ha habido voces y textos que han significado la nobleza de su escritura subrayando que en el guión de 25 kilates se encuentran sus mejores virtudes. Siempre me resulta discutible calcular el verdadero peso específico de un guión en el resultado de un filme, pero en este caso no hay duda alguna. Si 25 kilates posee densidad dramática ésta se encuentra en la piel de sus actores, en la puesta en escena, en una sobria dirección y en un ajustado casting. Frente a todo ello, en su espina dorsal, en su guión, se adivina una carpintería argumental demasiado académica, tanto que al final parece prisionera de las enseñanzas de manual. Tampoco ayuda su justiciero anhelo de cerrar con bien lo que reclama perversidad y sombras. Probablemente esos clarosocuros surgirán en posteriores citas, pero aquí todo resulta cegadoramente abierto.

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