EL BAILE DE LA VICTORIA

Desconcierto de desafinos, concierto de desatinos

Título Original: EL BAILE DE LA VICTORIA Dirección: Fernando Trueba Guión: F. Trueba, Jonás Trueba y Antonio Skármeta Intérpretes: Ricardo Darín, Abel Ayala, Luis Dubó, Miranda Bodenhöfer, Mario Guerra, Ariadna Gil y Mariana Loyola Nacionalidad: España. 2009 Duración: 127 minutos ESTRENO: Noviembre 2009

Antonio Skarmeta practica una narrativa de temperatura tan febril en lo emocional como desganada en lo literario. En consecuencia, para extraer de sus libros algo con peso “cinemático”, como diría Kurosawa, sólo queda un camino, el del compromiso del cineasta con lo que está contando. Ese compromiso pasa por hacer suya la historia, por dejar en ella reflejos de verdad, ecos de sí mismo. ¿Estamos ante un proceso así en este filme señalado por la Academia del Cine Español como una de las mejores películas del año? Definitivamente no. Por lo tanto no se molesten en buscar en El baile de la Victoria nada que nos evoque al Fernando Trueba de otros tiempos. Nada hay aquí merecedor de ser colocado al lado de películas como El sueño del mono loco. Y es que hace ya demasiados años que Fernando Trueba se comporta como un zombie enriquecido, un cineasta desorientado que esboza una danza insulsa hecha de complacencia y pereza, prueba dolorosa de su agotamiento.
De todos los caminos posibles, Trueba ha escogido el peor de ellos. Nadie como él para asumir los más lamentables tics del cine español, ese cine que le llora al Rey por la incertidumbre de su futuro, le regala un Goya ¿al mejor Borbón? y que consagra al frente de la representación española para Hollywood obras tan irrelevantes como esta película. Y nadie como Trueba para escenificar el ritmo yermo del cine español de la oficialidad; el que llora subvenciones y premia convenciones; el que, en su caso, se mueve en ese estrecho compás mediocre que dibujarían el peor Saura compinchado con el Garci más derrotado. Entre ellos ocupa su lugar un Trueba que en nada se parece al que fue en otro tiempo.
¿Qué ha pasado para que Trueba alumbre una obra tan rutinaria como ésta? Descifrar ese misterio sería descubrir el virus de ese agónico proceso abisal por el que autores como García Sánchez, Gutiérrez Aragón y un largo étcetera de cineastas izquierdistas de la progresía de la transición ya no tienen nada qué decir.
Por otra parte ya se ha señalado que la prosa de Skarmeta deriva siempre hacia lo melífluo y sentimental. Si a eso se añade que Trueba aprueba un casting desafortunado, el desaguisado roza la demencia. Incluso un actor como Ricardo Darín, sugerente y medido en El secreto de sus ojos, se convierte aquí en un histrión acartonado obligado a dar escolta a dos rostros de quienes nadie duda sobre sus posibilidades. En el cine: “ninguna”. Pero en su descargo habrá que decir que no es su responsabilidad. Nadie controla a Abel Ayala y sin dirección, este joven actor de verbo excesivo y de gestos “acantinflados” empalaga hasta ahogarse él mismo. Tampoco nadie dirige a Miranda Bodenhöfer y MIranda, cuyas virtudes como bailarina resultan inciertas, evidencia un inexistente talento interpretativo. Si la joven perla de esta historia,baila poco y actúa mal, sólo queda palidecer de vergüenza ajena cuando se procede al cameo de Skarmeta, con ojos como platos, interpretando a un crítico de danza admirado ante lo que no deja de ser un despropósito.
Despropósito porque Trueba no hace un cine de amiguetes gamberros sino un cine endogámico y alimenticio. Cine de “su” familia que confunde la poesía con el ripio. En él hay secuencias vergonzantes y presencias malgastadas, hay mucho de nada y poco de cine. ¿Cómo hay que aceptar que alguien que supo hacer cine en otro tiempo se arrastre ahora de modo tan penoso?
Pero lo peor no es su ocaso. Lo grave es que quienes le rodean aplauden complacidos este largo y lento suicidio artístico que inauguró el festival de San Sebastián y que ahora nos representa en Hollywood.

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